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jueves, 5 de noviembre de 2009

"Los Caballeros del Rey Arturo" o la leyenda de Camelot en Cinemascope y Metrocolor

La historia del cine se halla trufada de producciones que trataron de recrear con mayor o menor fortuna la leyenda artúrica y todo su fascinante mundo de torneos caballerescos y paladines de brillante armadura al rescate de bellas damas en peligro. La irresistible atracción de la industria cinematográfica por la saga del Rey Arturo viene de antiguo, y ha permanecido prácticamente inalterada hasta nuestros días, viéndose revisitada en clave de comedia, animación, drama, musical e, incluso, como simple pornografía, que de todo hay en la viña del Señor. Esta prolífica tendencia tendría sus años dorados, como no, chez Louis B. Mayer, caballero con un innato talento para sacar a la luz el lado más comercial y rentable de cualquier tema -por prosaico que pudiera ser- que cayera en sus manos. Así, en 1953, la Metro-Goldwyn-Mayer puso manos a la obra para producir la que iba a ser su primera película en Cinemascope, así como la primera que incorporaría el sonido estereofónico Perspecta. Para alumbrar tan espectaculares novedades, el estudio se decidió por una mastodóntica recreación de la vida en Camelot aderezada con colosales escenas de cruentas batallas servidas por miles de extras y la belleza de los suaves paisajes ingleses y escoceses como telón de fondo.
Para la confección del guión se echó mano de un texto épico del autor inglés del siglo XV Thomas Malory, "La Morte d'Arthur", mezclado hábilmente por el departamento de escritores de la Metro con textos poéticos medievales ingleses y franceses dándole al resultado un aspecto novelesco, casi folletinesco, muy del gusto del público de la época. La leyenda artúrica ya había servido como fuente de inspiración, un año antes, para otro producto MGM del mismo corte que resultó un éxito de taquilla, "Ivanhoe", protagonizado por un Robert Taylor ya visiblemente granado que repetiría en "Los Caballeros del Rey Arturo" su personaje de incansable adalid de la justicia, aquí encarnándose en la romántica figura de Lancelot du Lac (en España, "Lanzarote del Lago"). Junto a Taylor, un elenco de primeras figuras de la nómina del estudio que interpretaron sus estereotipados papeles sobre unos magníficos decorados construídos primorosa y artesanalmente y que reproducían el castillo de Camelot con sus torres, patios y fosos en un área que ocupaba 300.000 metros cuadrados. El tinglado, sin duda uno de los mayores decorados construidos en la historia del celuloide, se utilizó durante seis largos y laboriosos meses de rodaje, e incluía hasta un pequeño hospital de campaña con cuatro puestos de primeros auxilios por los que pasaron numerosos extras, víctimas del fervor instigado por el realizador Richard Thorpe el cual dictó la orden de máxima autenticidad en la escena de la colosal batalla a campo abierto.
Ava Gardner, quien acababa de cosechar un inmenso éxito personal con el estreno de su última película, "Mogambo", rodada a principios de aquel mismo año, se vio -una vez más- estafada por la Metro-Goldwyn-Mayer cuando se la obligó, esgrimiendo el contrato que la unía por siete años al estudio, a tomar parte en "Los Caballeros del Rey Arturo" en contra de su voluntad. Gardner, nominada al Oscar de la Academia de Hollywood por su magnífica interpretación de Honey Bear Kelly en la mítica aventura africana del ya anciano John Ford y con su cota más alta en el box office, esperaba que L. B. Mayer y el resto de ejecutivos de los estudios se dieran, por fin, cuenta del potencial que podía aportar a su trabajo cuando se le ofrecían personajes de calidad con los que ella pudiera sentirse identificada. En lugar de eso, y dejando caer, además, que se trataba de una compensación por su triunfo en "Mogambo", la Metro la vistió con las trazas de la Reina Ginebra y la incluyó en la terna protagonista de tan épico contubernio, junto al ya mencionado Robert Taylor y a un Mel Ferrer algo alicaído en su personificación del Rey Arturo. Ava Gardner, así, aparece hierática y desencantada, aunque, por supuesto, bellísima fotografiada en impresionante Cinemascope y maravilloso Metrocolor por la cámara del artesano Frederick A. Young. Al fin y al cabo, era de lo que se trataba.
El resto de los personajes fueron encomendados a actores del elenco británico de la MGM, secundarios de lujo como Stanley Baker o Felix Aylmer (respectivamente, Mordred y Merlín) y dos jóvenes actrices, Anne Crawford y Maureen Swanson, que fueron la dulce Elaine y la peligrosa Morgana. También gran parte del equipo técnico se reclutó en Inglaterra, aprovechando las costosas infraestructuras de las que la Metro disponía en la Gran Bretaña para dar salida a su capital immovilizado en Europa desde el final de la Segunda Guerra Mundial, tal como se había hecho, en 1951, gastando ingentes cantidades de dinero en la producción de "Quo Vadis", en Cinecittà, cerca de Roma. En cualquier caso, la inversión resultó altamente provechosa, pues "Los Caballeros del Rey Arturo" fue un notable éxito de taquilla para el que se diseñó una insólita campaña de promoción que incluía la presencia de figurantes ataviados con brillantes armaduras sobre engalanados caballos en la entrada de las salas de exhibición donde se proyectaba la película, y desfiles con comparsas luciendo vistosos trajes medievales.

domingo, 6 de septiembre de 2009

"La noche de la iguana": puro Tennessee Williams

Uno de los referentes de la literatura norteamericana del siglo XX es, sin lugar a dudas, el dramaturgo Tennessee Williams, dos veces ganador del Premio Pulitzer, de un Tony (el equivalente teatral del Oscar de la industria del cine), y dos veces del Premio de la Crítica de Nueva York. Williams, complicado, sureño y homosexual, comenzó en la literatura a los trece años cuando su madre le regaló una máquina de escribir, temerosa de que su hijo perdiera el tiempo mientras se sumía en la larga convalecencia de una difteria. Al dar inicio la Segunda Guerra Mundial el ejército le declaró no apto por su expediente psiquiátrico, sus problemas cardíacos y su alcoholismo, decepción que le llevó a acometer en su obra posterior una narrativa trufada de personajes atormentados, carismáticos y de profunda carga psicológica. En todas sus obras subyace la eterna -aunque infructuosa- búsqueda de la felicidad, el temor a la muerte y una terrible angustia vital que tienen su orígen en experiencias traumáticas, en el pánico a envejecer, en el rechazo de una homosexualidad latente o, simplemente, en el miedo al sexo, elemento omnipresente en la obra de Tennessee Williams que el autor, debido al acoso de la censura, tuvo que saber convertir en subliminal aportando a sus historias un obsesivo poso de frustración.
Aclamado de manera entusiasta por el gran público y mimado por la crítica -que diría de él que escribía en "gótico sureño"- la mayoría de sus éxitos teatrales fueron llevados al cine entre las décadas de 1950 y 1960, con adaptaciones que se convirtieron en auténticas obras maestras dirigidas e interpretadas por los más relevantes talentos de Hollywood. "Un tranvía llamado deseo", "La gata sobre el tejado de zinc", "De repente, el último verano", "La primavera romana de la señora Stone", "Piel de serpiente", "La rosa tatuada" o "Dulce pájaro de juventud" son algunas de las mejores muestras de esta fructífera simbiosis que Williams estableció con la industria cinematográfica. De entre todas ellas, merece destacarse "La noche de la iguana", oscura, agobiante y, en ocasiones, sórdida traslación de la pieza teatral homónima que John Huston dirigió en 1964 con un reparto encabezado por Richard Burton, Ava Gardner, Deborah Kerr y Sue Lyon, y rodada en escenarios naturales en Puerto Vallarta, Méjico, en un espléndido blanco y negro obra del maestro Gabriel Figueroa que le valió una nominación al Oscar de Hollywood a la mejor fotografía.
Fue el empeño del realizador John Huston y del productor Ray Stark lo que impulsó la difícil consecución de "The Night of the Iguana". Después del éxito de la producción teatral estrenada en Broadway durante la temporada de 1961, Huston y Stark no dudaron en acometer la versión fílmica, que el realizador concibió a su estilo con un rodaje en agrestes y remotos parajes y con todas las escenas en exteriores. Huston tenía bien ganada en Hollywood su fama de complicar al máximo el trabajo desde los tiempos de "La Reina de Africa", mítico rodaje en el que los inconvenientes de toda clase fueron llevados al extremo y en el que Katharine Hepburn acuñó, refiriéndose a Huston, la frase "Hazlo siempre del modo más difícil". Para empezar, el realizador y su director artístico, Stephen B. Grimes, localizaron una colina rodeada de una espesa selva tropical en un remoto rincón de Méjico cercano a Puerto Vallarta conocido como Mismaloya y que resultaba ideal para instalar el destartalado hotel en el que transcurre la acción. En pocas semanas, Huston y su equipo levantaron -de la nada- el enorme decorado y sus bungalows colindantes en un lugar escarpado e incomunicado del exterior al cual se accedía de modo muy dificultoso desde una playa cercana a la que únicamente se podía llegar en barca desde Puerto Vallarta. Para redondear la incómoda situación, el calor y la humedad eran insoportables en las horas centrales del día, y parte de la expedición acabó sufriendo (curiosamente, como el grupo de turistas americanas que aparecen en el film) de disentería.
La elección del reparto fue uno de los grandes aciertos de una película rebosante de ellos. En primer lugar, Richard Burton como el reverendo T. Lawrence Shannon dio a su personaje el empaque lírico que su formación shakesperiana era capaz de aportarle sin perder por ello su naturalidad y, sobre todo, una patética vulnerabilidad que resultó un rasgo definitivo del personaje, así como el evidente conflicto mantenido entre su vocación religiosa y el apremio al que le someten sus numerosas debilidades humanas. Codo a codo con Burton, una sorprendente Ava Gardner como Maxine Faulk, la dueña del hotel al que Shannon acude huyendo de sus propios fantasmas y obsesiones. Gardner tuvo que lidiar con el recuerdo de la portentosa personificación que Bette Davis -nada más y nada menos- hizo en la versión teatral neoyorkina, pero acabó aportando a su papel más de ella misma de lo que nadie pudo llegar a esperar, convirtiendo a su Maxine en una criatura visceral, excesiva, sensual e insegura en la que era fácil reconocer el auténtico carácter de la actriz. Gardner, por cierto, se sintió a sus anchas en un personaje perpetuamente vestido con un simple sarape, con el pelo sencillamente recogido y que anda siempre descalzo, y para el que Huston le permitió recuperar su fuerte acento de Carolina del Norte, aquel que la Metro-Goldwyn-Mayer tanto se empeñó en corregir cuando Ava Gardner llegó a Hollywood en 1942. Tras el estreno, la crítica apostó a que sería nuevamente nominada para el Oscar, pero no fue así. En compensación, fue galardonada con el premio a la mejor interpretación femenina en el Festival de Cine de San Sebastián, trofeo que, por supuesto, no recogió personalmente, aterrorizada ante la certeza de tener que agradecer la distinción frente a un auditorio.
Junto a ellos, Deborah Kerr ofrece una de sus más memorables creaciones como Hannah Jelkes, una solterona de Nueva Inglaterra que recorre el mundo a pie junto a su abuelo (el actor septuagenario Cyril Delevanti) y cuya única felicidad sería encontrar un lugar en el que sentirse en casa, dando fin a su eterno y obsesivo peregrinaje. Kerr aparece en "La noche de la iguana" como el contrapunto espiritual al personaje terrenal interpretado por Ava Gardner, y será la confrontación de ambos carácteres lo que permitirá a Tennessee Williams mostrar el lado más vulnerable de la condición humana para evidenciar la desesperación más o menos contenida que todos arrastramos en nuestras vidas y que nos lleva a hacer lo que sea con tal de arrojar lejos de nosotros los espectros del miedo y la ansiedad. Esta constante en la obra del dramaturgo norteamericano nos ofrece una impagable pista para comprender mejor su propia idiosincrasia, ya que él mismo fue víctima recurrente de una angustia vital que le atenazaba sumiéndole, a menudo, en episodios de fuerte adicción a los barbitúricos. Destacan todavía de entre el amplio reparto los nombres de Sue Lyon como Charlotte Goodall, la consentida y precoz adolescente que viene a complicar la situación del reverendo Shannon, y la magnífica actriz de reparto Grayson Hall, inmensa como la tiránica e inflexible Miss Fellowes, la responsable de un grupo de mujeres de un colegio baptista de Corpus Christi en período vacacional por Méjico, un remedo de sargento militar con instintos lésbicos que consiguió para la intérprete una nominación a la mejor actriz secundaria en la edición de 1964 de los premios de la Academia de Hollywood.
"The Night of the Iguana" situó en el mapa el paraje de Mismaloya, entonces un paraíso natural desconocido por el turismo, que pronto se llenó de periodistas y fotógrafos ávidos por obtener imágenes de las grandes estrellas presentes en el rodaje y con la esperanza de conseguir la exclusiva de la previsible trifulca que la prensa de Hollywood anunció en cuanto se hizo público el reparto de la película. La presencia habitual de Elizabeth Taylor en el set -según las malas lenguas, para impedir un romance entre Burton y Gardner- ayudó en gran manera a levantar aún mayor expectación. Además, los legendarios voraces apetitos de John Huston y Ava Gardner en lo tocante al sexo y al alcohol ofrecían diariamente carnaza a la prensa, que se dedicó a seguir a la actriz en todos sus desplazamientos por la zona aireando rumores de improbables noches orgiásticas de la estrella en la que estarían involucrados bronceados y apolíneos muchachos mejicanos. Por su parte, John Huston aprovechó la polvareda para practicar estrategias de marketing para su película, obsequiando a Burton, Gardner, Kerr, Lyon, Liz Taylor y al productor Ray Stark con sendos estuches conteniendo una pequeña pistola Derringer y seis balas de plata que llevaban grabados, cada una de ellas, uno de sus nombres. La intencionada broma fue definitiva, y la prensa reaccionó sin miramientos publicando titulares como "Liz, Richard, Ava y Sue muy tensos en la selva", o "Liz no pierde de vista a Burton y Ava Gardner". Para acabar de arreglar las cosas, nadie sabe todavía hoy como se pudo llegar a publicar que la Gardner y el realizador de cine mexicano Emilio -el "Indio- Fernández, que hacía las veces de director asociado en el film, habrían anunciado su próximo enlace matrimonial, con headlines del tipo "¡El nuevo amor de Ava es un pistolero revoltoso!" en alusión a la costumbre -cierta- del cineasta mexicano de disparar a la gente que no le gustaba, como había ocurrido, incluso, con los productores de algunas de sus películas. Cuando "The Night of the Iguana" fue estrenada, la crítica especializada valoró muy positivamente el film, pero la acogida del gran público fue bastante tibia. Tuvieron que pasar cuarenta años para que la cinta comenzara a ser reivindicada como merecía, adjudicándosele la categoría de clásico indiscutible y siendo considerada un referente de la traslación del teatro a la gran pantalla, así como una de las cumbres del arte de John Huston, uno de los mejores realizadores de la historia del cine americano que, pese a su visceral tendencia al exceso y a su particular manera de concebir el negocio cinematográfico, ha dado obras maestras entre las cuales cabe inscribir "The Night of the Iguana". Para comprender mejor la personalidad de Huston y su enorme implicación en el proyecto de la película, es imprescindible visionar una pequeña joya producida por Professional Film Service titulada "On the Trail of the Iguana", featurette que muestra -en color- aspectos del rodaje del film e incluye entrevistas con el director y los principales intérpretes en el mismo set. Afortunadamente, esta rareza apareció editada entre los extras que contiene el DVD del film lanzado al mercado en 2006.

sábado, 8 de agosto de 2009

"The Devil's Widow": psicodelia diabólica

En 1969, Ava Gardner, quien llevaba meses residiendo en Londres después de su marcha de España -donde había vivido en Madrid por espacio de doce años- recibió en su domicilio en la capital británica la visita de su viejo amigo de los tiempos de Hollywood el actor Roddy McDowall. Ambos se habían conocido en 1942, cuando McDowall era uno de los "niños prodigio" de la Metro-Goldwyn-Mayer y la joven aspirante a estrella cinematográfica se hallaba en los primeros meses de su infeliz matrimonio con Mickey Rooney. Durante el transcurso de los años su amistad se tornó íntima y siempre mantuvieron un estrecho contacto, a pesar de la distancia geográfica que motivaban los exilios -interiores y exteriores- de Ava Gardner, quien siempre gustó de poner tierra por medio entre ella misma y el Hollywood al que tanto despreciaba. McDowall, huésped habitual en casa de la actriz cada vez que el trabajo o el placer le llevaban a Europa, no llegó solo. En esta ocasión le acompañaba el productor Alan Ladd Jr., con quien el actor británico iba a rodar su primera película como realizador, basada en una leyenda popular del norte de Escocia que daría origen al guión de "La Viuda del Diablo".Posiblemente, fue el compromiso y la amistad con McDowall antes que un auténtico interés profesional lo que motivó que Ava Gardner aceptara ser la protagonista de la cinta, en la que interpretaría a Michaela Cazaret, viuda de un magnate multimillonario que vive rodeada de una corte de hermosos jóvenes de ambos sexos a los que tiraniza y mima con la misma obsesiva intensidad y a los que destruye sin miramientos cuando no se doblegan a sus exigencias y caprichos. Esta pseudo-mantis religiosa vive horrorizada por la previsible llegada de la vejez y la enfermedad, pretendiendo que el constante contacto con sus acompañantes retrasará lo que es inevitable, convirtiéndose, así, en un vampiro psíquico que se alimenta de la juventud y la salud de sus consentidos. Por supuesto, y reconociendo la idiosincrasia del personaje -a distancias astronómicas de cualquier cosa que hubiera hecho anteriormente la actriz- McDowall y Ladd debieron esforzarse considerablemente en vender la historia a una Ava Gardner aturdida ante lo que ella debió creer una alucinación de su buen amigo. El tono outré del argumento no fue el único obstáculo que Gardner debió vencer, ya que se sentía intimidada por tener que trabajar junto a actores y actrices veinticinco años más jóvenes que ella, hecho que agravaba su proverbial timidez. McDowall confesó, años más tarde, que la primera reacción de Ava fue espetarle "¡voy a ser la más vieja!".
Por descontado, y conociendo el carácter de la actriz, Ava adoró a sus jóvenes partenaires, a los que acabó llamando "mis niños". Entre todos ellos, el papel coprotagonista iba a ser para el actor inglés Ian McShane, atractiva y emergente figura del panorama europeo que contaba con tan solo seis trabajos anteriores en el cine desde su debut en 1962. McShane interpretaría al amante de la peligrosa viuda, por parte de la cual acabará sufriendo una horrible venganza al osar abandonarla por la hija del párroco local (Cyril Cusack), papel que se encomendó a una todavía desconocida Stephanie Beacham. Ava Gardner -en las primeras escenas de cama de su ya larga carrera- y Ian McShane comparten tórridos días de amor y sexo bajo la atenta vigilancia del secretario personal de la señora Cazaret, interpretado por el excelente actor británico Richard Wattis como el frío e impasible lacayo encargado de suministrar materia prima humana para el constante bienestar de su ama.
"La Viuda del Diablo" es la trasposición moderna de la antigua leyenda escocesa de Tam Lin, balada de la que el folklorista Francis James Child recogió catorce diferentes versiones en su libro The English and Scottish Popular Ballads. La historia de la poderosa hechicera que ve perdido el amor de su caballero arrebatado por una hermosa joven mortal de rubia cabellera inspiró el guión de William Spiers y del propio McDowall, que este último aderezó con elementos rabiosamente sixties en los que no se escatimaron medios para ofrecer una imagen acorde con el auge que la psicodelia y el consumo de drogas alucinógenas estaban experimentando en el mundo entero. Desde los veloces vehículos que aparecen en la escena inicial hasta el vestuario de todo el reparto, la cinta destila un evocador aroma brit-pop que arrastra al espectador y le hace esperar que, en cualquier momento, aparezcan tras de una cortina Sandie Shaw o Petula Clark. El guardarropía de Gardner, en el mismo sentido, se supera a sí mismo con piezas de vestuario que van de la sencillez más absoluta al delirio más enloquecido (no hay más que ver la fotografía sobre estas líneas), especialmente en las escenas oníricas del final de la película, notablemente influenciadas por los estudios realizados en la época sobre los efectos del LSD.
Tristemente, y a pesar de los muchos valores intrínsecos que atesora el film, "The Devil's Widow" resultó un sonoro fracaso en la taquilla que amedrentó a Roddy McDowall hasta el punto que nunca más volvió a ponerse detrás de una cámara. Considerada por la crítica poco menos que un capricho de su realizador y tildada de excesivamente vanidosa, la película sufrió las consecuencias de una penosa exhibición que la llevó a estrenarse en los Estados Unidos muy tardíamente, en 1972, de la mano de la American International Pictures (AIP), la compañía del legendario Roger Corman. La copia americana, para colmo de males, fue sensiblemente recortada por el taimado Corman -que la consideró de excesivo metraje- estrenándola con frases de publicidad del tono de "La gran bacanal del exorcismo, con Ava Gardner como anfitriona". La aberración llegó hasta tal punto que Roddy McDowall declaró que su obra estaba "irreconocible". Esta mutilación conferida a su material le llevó a remontarla de nuevo para ser proyectada en Gran Bretaña en 1977, siendo distribuida por la Commonwealth. El encomiable intento tampoco funcionó y la película fue olvidada, convirtiéndose en una extrema rareza no repuesta en las salas de exhibición y nunca emitida vía televisión. Afortunadamente, durante los años ochenta, "La Viuda del Diablo" fue editada en vídeo en diferentes países, aunque la calidad de los masters utilizados dejaron bastante que desear usándose, además, la versión cortada que se exhibió en Estados Unidos. En España fue lanzada en formato Betamax para su explotación en el mercado de alquiler bajo el desvirtuado y manido título "Sabor de Mujer", traducción literal de "Sapore di Dona" que fue el que se le adjudicó en su estreno en Italia, país con una histórica y remarcable tendencia a cometer desacatos infames con el retitulado cinematográfico. Es posible que, con el tiempo, alguien decida recuperarla -por fin- en su calidad original y en formato DVD como muestra de desagravio hacia uno de los productos más curiosos e inclasificables, casi podría decirse que underground, del cine británico de la década de los sesenta.

miércoles, 8 de julio de 2009

"Terremoto", el "Big One" de la Universal

Cuando la Universal Pictures decidió apuntarse a la moda de las llamadas "películas de catástrofe" con las que las majors de Hollywood inundaron las salas de exhibición del mundo entero, no pudo hacerlo con más buen pie. "Terremoto" representó un excelente negocio para la productora cinematográfica, recaudando 36.000.000 de dólares en la taquilla internacional y viendo su película ascender a los primeros puestos del box-office en los EUA durante los meses posteriores a su estreno en noviembre de 1974, en gran medida gracias a la gigantesca campaña de publicidad lanzada alrededor del nuevo Sensurround, sistema que transmitía a los espectadores las sensaciones físicas de hallarse en el epicentro de un verdadero terremoto gracias a impactantes efectos de sonido que hacían vibrar la sala entera. El público acudió en masa a los cines para conocer el nuevo invento el cual, como había ocurrido con otras espectaculares novedades como el Odorama o el 3-D, no despertó en la audiencia ningún interés más allá de la curiosidad por experimentarlo. Tal como escribió un crítico norteamericano, el verdadero secreto del éxito de tales producciones se hallaba en "when bad things happens to aging Hollywood stars" ("cuando cosas malas les ocurren a viejas estrellas de Hollywood"). Y así parecía ser, si tenemos en cuenta que gran parte del atractivo que podían tener para el gran público esta clase de espectáculos eran sus repartos numerosos y corales que incluían, sistemáticamente, grandes nombres del Hollywood dorado a los que la audiencia llevaba, en ocasiones, décadas sin ver, despertando la curiosidad general por comprobar cuanto y como habían envejecido sus estrellas favoritas. Desde Shelley Winters y Ernest Borgnine en la cinta que inauguró la saga, "The Poseidon's Adventure" (1972), hasta las mismísimas Myrna Loy y Gloria Swanson en "Airport 75" (1974), no había película de desastres (ya fueran "naturales" o cometidos por la mano del hombre) que no contara con un buen puñado de antiguas luminarias de la gran pantalla a las que se ponía en las más peligrosas situaciones. Para el cast de "Terremoto", el productor Jennings Lang apostó por dos de las más grandes estrellas de los años cincuenta, Charlton Heston y Ava Gardner, que iban a repetir pareja fílmica después de su último trabajo juntos, once años atrás.
En 1974, Miss Gardner se encontraba sin demasiado que hacer en su domicilio londinense, de modo que consideró la oferta de la Universal como la manera de pasar unas vacaciones pagadas en Los Angeles, cobrar un buen zarpazo de dólares (de seis cifras, por descontado), y aprovechar el viaje para visitar a su familia en Carolina del Norte. Ava Gardner llevaba años trabajando, ocasionalmente, en lo que ella llamaba -con su sorna acostumbrada- "películas alimenticias", en las que se embolsaba jugosas cantidades de dinero a cambio de apariciones que, algunas veces, apenas existían. "Terremoto" fue uno de estos papeles casi inexistentes en el que, a pesar de todo, la actriz exigió no ser doblada en las escenas de acción, teniendo que sortear paredes que se derrumbaban, refugiarse debajo de automóviles para evitar ser aplastada por enormes bloques de cemento o tratar de mantenerse a flote nadando contracorriente en una alcantarilla desbordada. Sin embargo, y pese a los esfuerzos de Gardner por ofrecer una interpretación entregada más allá de las ridículas líneas de diálogo que tenía que pronunciar -"Si no fueran las 7.30 de la mañana echaría un trago"- nada pudo evitar que la crítica se cebara en su trabajo, remarcando su evidente sobrepeso ("an overweighted Ava Gardner", escribieron) e insinuando la posibilidad de un reciente lifting al que la actriz pudo haberse sometido en la clínica del cirujano plástico Ivo Pitanguy para mejorar su aspecto en la pantalla. Cuando el reparto de la producción fue anunciado, su partenaire Charlton Heston no pareció mostrarse muy conforme con la elección de la actriz, con quien había tenido una pésima relación durante el rodaje en Madrid de "55 días en Pekín", en 1963, debido a los legendarios desplantes de Gardner. Las pesadillas de Heston, en cualquier caso, no iban a reproducirse en esta ocasión, pues Ava se mostró receptiva y disciplinada durante todo el rodaje a pesar de que el realizador, Mark Robson, no era santo de su devoción después de haberla dirigido en "La Cabaña" (1959), película que ella siempre odió y del fracaso de la cual culpó, en gran parte, a Robson. Así, y aunque parezca mentira, un rodaje que se presentaba con las perspectivas de convertirse en una olla a presión se desarrolló sin excesivos problemas entre sus artífices principales. "Terremoto" presentó en pantalla unos magníficos efectos especiales creados por el equipo de Albert Whitlock, basados en enormes maquetas magníficamente iluminadas y fotografiadas por Philip Lathrop que conseguían transmitir una impactante sensación de realidad, así como por el uso de espejos deformantes y de la técnica del matte-painting, todo ello dinamizado por el excelente montaje de Dorothy Spencer. Sin embargo, todos estos logros visuales se vieron absolutamente lastrados por una pésima dirección de actores, los cuales tenían que bregar con un manojo de historias entrecruzadas escritas bajo los parámetros más convencionales de las soap operas televisivas. Esta tendencia a descuidar el guión en beneficio de la espectacularidad resultó una constante de este subgénero, a pesar de que se procuraba contar con primeras figuras del cine y la televisión para forjar unos repartos que, después, no daban de sí lo que su categoría prometía. En el caso de "Terremoto", secundaron a Heston y a Gardner intérpretes de gran calidad y tan populares como Lorne Greene, George Kennedy, Genevieve Bujold, Barry Sullivan, Lloyd Nolan, Victoria Principal, Richard Roundtree y Marjoe Gortner.

jueves, 18 de junio de 2009

34 Ennismore Gardens, London SW 7

En 1968, Ava Gardner comenzó a sentirse un tanto incómoda viviendo en España. Sus años de juventud consumidos a golpe de whisky y tablao empezaban a quedar ya lejos, y sus constantes problemas con el régimen franquista empezaban a pesarle como una losa, además de la hipotética deuda contraída con el fisco español que ascendía -según el Ministerio de Hacienda- a más de un millón de dólares. La reclamación oficial podría haber sido cursada por orden del mismísmo Francisco Franco, quien nunca vio con buenos ojos la presencia constante de una norteamericana divorciada, liberal y abiertamente demócrata en la Villa y Corte, escandalizando noche sí y noche también a la conservadora alta sociedad madrileña que se apiñaba alrededor del dictador y su esposa, Carmen Polo. La rígida moral nacionalcatólica impuesta por los vencedores del conflicto bélico de 1936-1939 y el opresivo ambiente que se vivía en el país a finales de los años sesenta -con el advenimiento de las primeras manifestaciones sindicales duramente reprimidas- hicieron que Gardner deseara cambiar de aires para llevar una existencia más tranquila acorde con la serenidad que pareció adueñarse de su espíritu al entrar, definitivamente, en un período de absoluta madurez.
"London is the only place to live", dijo muy a menudo la actriz americana cuando se le preguntaba su opinión acerca de la capital británica: "En Inglaterra -decía- te toman unas cuantas fotos cuando llegas y luego te dejan en paz". No fue muy difícil, pues, para ella decidir cual sería el lugar en el que quería pasar el resto de su vida, una ciudad que siempre le había gustado desde la primera vez que la visitó para el rodaje de interiores de "Pandora y el Holandés Errante" en 1950. El carácter de los ingleses, radicalmente distinto al de los españoles, parecía hallarse más en sintonía con la actriz en esos momentos de su existencia, en los que parecía necesitar de un refugio pacífico e íntimo en el que poner en orden lo que habían sido sus anteriores veinte vertiginosos años como gran estrella de la pantalla. Así, mientras encontraba alojamiento a su conveniencia, se instaló en uno de los apartamentos que su ex-marido Frank Sinatra tenía en Londres, una cómoda garçonnière en Grosvenor Square. La actriz tendría aún dos domicilios más en la capital británica -uno en Alexander Square y otro en el exclusivo barrio de Belgravia- antes de encontrar el que se convertiría en su hogar durante más de veinte años en la elegante plaza arbolada de Ennismore Gardens, en Knightsbridge y muy cerca de Kensington (fotografía superior, los seis balcones del primer piso del edificio que aparecen en la imagen).
En su nueva situación como british single lady, Ava Gardner descubrió los placeres de una vida tranquila al calor de la chimenea, de paseos diarios con su perro por el cercano Hyde Park y de tardes de lluvia tras los cristales. Excelente cocinera -cualidad que heredó de su madre- preparaba cenas para sus amigos en Londres, entre los que se encontraban los actores Dirk Bogarde y Charles Gray, el interiorista Michael Szell o la diseñadora de vestuario Franka. Su domicilio londinense se convirtió en lugar de paso obligado para las personalidades de Hollywood que visitaban la ciudad, como sus amigos Gregory Peck y su esposa Veronique, o los príncipes de Mónaco Rainiero y Grace que recalaban en casa de Ava siempre que se desplazaban a Londres en visita no oficial. Cada vez que Sinatra actuaba en la ciudad, Gardner acudía al cercano Royal Albert Hall para aplaudirle, de la misma manera en que aplaudía la actuación de cualquier actor de segunda fila amigo suyo que interpretara un papel en cualquier teatrillo de repertorio del West End. Le encantaba un restaurante en particular en el bohemio barrio del Soho, el Peter-Mary, y por primera vez en su vida, Ava Gardner disponía de aparato de televisión. Según han relatado algunos de sus allegados, era fascinante verla despotricar de sí misma cada vez que se emitía alguna de sus antiguas películas.
El apartamento de Ava en Ennismore Gardens ocupaba toda la primera planta de un edificio de estilo Georgian de primeros de siglo que había sido reconvertido en lujosos flats residenciales. Su pasión por las antigüedades, que había cultivado durante sus años en España, era evidente en la decoración de las estancias, vestidas con valiosísimos muebles y objetos, muchos de ellos adquiridos en Madrid. Su conocimiento del negocio de las antigüedades era tal, que incluso comerciaba con ellas de manera profesional cuando se le presentaba la oportunidad, obteniendo buenos beneficios que la ayudaban a mantener su alto nivel de vida en los períodos en que no surgían ofertas para trabajar en el cine. Pese a no ser muy aficionada a los recuerdos, tenía fotografías de sus seres queridos por toda la casa, entre ellas una dedicada por su admirada Barbra Streisand y otra por Adlai Stevenson, candidato demócrata a la presidencia de los EUA al que ella y Sinatra apoyaron entregadamente durante la campaña electoral de 1952. Eso sí, de ella misma, solamente una imagen, la que le tomó el mítico Man Ray en 1950 y que la representaba como Pandora, fotografía que la actriz adoraba y que exhibió en todas las casas que tuvo desde entonces. En la bodega nunca faltaban los vinos españoles -Marqués de Riscal y Murrieta- y al lado del tocadiscos, las grabaciones de Frank Sinatra, algunas de ellas incluso repetidas. Le gustaba escucharle antes de acostarse, mientras se tomaba una copa.Las dos fotografías superiores muestran el elegante interiorismo del living room, con paredes cubiertas por paneles chinos de seda pintada a mano. Las puertas de los balcones que dan a la plaza son de estilo francés. A ambos lados de la chimenea, dos butacones-fauteil Louis XV y, sobre la misma, un espejo estilo George I. Sobre estas líneas, el comedor, también lleno de antiques. Ava, mujer de largas sobremesas, disfrutaba mucho en este espacio durante las visitas de sus amigos, a los que incitaba, con su proverbial falta de protocolo, a mover a un lado la mesa y las sillas para bailar. Abajo, la habitación de invitados, donde la actriz dispuso algunos de los objectos más interesantes de su colección, como una lampara colgante de cerámica china, un barómetro francés del siglo XIX o un candelabro-girandola italiano.
Ava Gardner murió en su amado hogar en el 34 de Ennismore Gardens el 25 de Enero de 1990, dulcemente, mientras dormía, víctima de una neumonía. Sus restos fueron trasladados a su localidad natal de Smithfield, Carolina del Norte, donde fueron enterrados en el Sunset Memorial Park junto a sus padres y hermanos fallecidos. Meses más tarde, el 21 de Noviembre, la prestigiosa Sotheby's organizó en su sede central en Londres una subasta -"The Ava Gardner Collection"- en la que se ofrecieron 324 lotes consistentes en objectos de decoración, mobiliario, obras de arte, joyas y vestuario pertenecientes al legado que la actriz dejó a su familia en los Estados Unidos.

sábado, 23 de mayo de 2009

"La Cabaña": un vodevil en la selva

En 1957, La Metro Goldwyn Mayer decidió adaptar una obra teatral del dramaturgo francés André Roussin, "La petite hutte", una comedia de equívocos sexuales con triángulo amoroso incorporado que había resultado un éxito en los escenarios parisinos en 1947 con más de cinco años de permanencia ininterrumpida, siendo asimismo un clamoroso triunfo en la escena londinense en 1951. Con este importante currículum a sus espaldas, la MGM estaba convencida de que la adaptación al cine del vodevil de Roussin sería el taquillazo del año, y para ello encomendó los papeles principales del reparto a tres grandes nombres de su nómina, Ava Gardner, Stewart Granger y David Niven para que fueran las esquinas de este peculiar billar a tres bandas. La dirección se encomendó al realizador Mark Robson que se repartió, asimismo, las tareas de producción con F. Hugh Herbert, el cual iba, además, a sacar adelante el guión que narraba las vicisitudes de un matrimonio -Gardner y Granger- que naufraga en una isla desierta junto a su mejor amigo -Niven- quien tratará de convencer a la pareja de que, en semejante tesitura, lo justo sería compartir a la esposa.
"La Cabaña" es, decididamente, una de las películas que Ava Gardner nunca debió hacer. No está muy claro a quien se le ocurrió la peregrina idea de convertir a la actriz en una dama de la alta sociedad británica que utiliza al mejor amigo de su marido -y antiguo pretendiente de ella- para recuperar el romanticismo perdido en su relación conyugal. Pese a que Gardner había ofrecido un excelente registro cómico en 1953 con su personaje de alegre corista en "Mogambo", papel por el cual fue nominada al Premio de la Academia a la Mejor Actriz Principal, la imagen que de ella tenía asumida el público se hallaba más cerca de los papeles de fuerte carga emocional e intensidad dramática que de este improbable y naïve personaje, del cual otras actrices como Doris Day o Rosalind Russell hubieran extraído el máximo partido. Ni siquiera a la Metro se le podía antojar que Miss Gardner, encarnación del mito de la "generación perdida" hemingwayana y símbolo del más americano glamour, pudiera representar a una encopetada lady inglesa que toma el té a las cinco en punto en el Foreign Office. Así, al principio de la película, el tema se zanja con una frase pronunciada por una de las actrices británicas del reparto, Jane Cadell: "Es maja para ser americana". El caso de Stewart Granger se puede inscribir en la misma perspectiva. Acostumbrado a papeles heróicos en grandes películas de aventuras ("Las Minas del Rey Salomón", "Scaramouche", "El Prisionero de Zenda"), aparece, lo mismo que Ava Gardner, un tanto desubicado entre la selva de cartón-piedra y palmeras de atrezzo que sirvió de set para el rodaje del film. Únicamente David Niven, actor de consolidada vis cómica y ducho en asuntos similares, salva la papeleta con un tímido aprobado. No se trata, por supuesto, de poner en entredicho la capacidad actoral de ninguno de los tres protagonistas, ya que el verdadero problema de "La Cabaña" es la flojedad de un guión que cojea desde el principio y la baja calidad demostrada por una producción descuidada, en la cual el único elemento que se mimó -casi se podría decir que en exceso, dadas las circunstancias- fue el vestuario de la estrella femenina, diseñado personalmente por Christian Dior en su atelier de París en exclusiva para la Gardner, y que hizo correr ríos de tinta en las revistas de moda internacionales.Otra cuestión importante que justifica el bluff representado por el film en su estreno internacional fueron las cortapisas impuestas por la Metro al guión de la película, del cual se eliminaron los aspectos más eróticos de la obra original -pieza clave en el éxito teatral- y se suavizaron los diálogos, aligerándolos de la carga picante y explosiva que tenían en el texto de Roussin. A pesar de todo, en España -por descontado- la película ni siquiera llegó a estrenarse, escandalizada la censura franquista por su "abierta glorificación del adulterio". Por otro lado, la presencia del actor cómico italiano Walter Chiari -que en esos momentos mantenía una relación sentimental con Ava Gardner, y al que ella impuso en el film- en un papel cercano al más espantoso ridículo tampoco ayudó a que el asunto reflotara.

domingo, 29 de marzo de 2009

La poética del monumentalismo: "55 días en Pekín"

La gestación de "55 days at Peking" fue una de las más complejas y llenas de dificultades de la historia del cine, comparable solamente a otros inefables monstruos colosales como la "Cleopatra" de J. L. Mankiewicz o la "Intolerancia" de D. W. Griffith, producciones que -como la cinta de Nicholas Ray que nos ocupa- figuran en letras de oro en las antologías de una lírica cinematográfica que enaltecía, en ocasiones, la dudosa calidad del material original del que se disponía. Ray realizó en "55 días en Pekín" un ejercicio de narrativa poética aunado a una extraordinaria capacidad para sublimar con su incomparable estética la trivialidad de un argumento basado en un episodio histórico como fue la revuelta bóxer en el Pekín de 1900, sumando diariamente infinidad de problemas a una lista interminable que, según se apuntó más tarde, provocaron la crisis cardíaca sufrida por el realizador durante el rodaje y que le mantuvieron apartado del set hacia el final de la producción del film. "55 días en Pekín" forma parte de la colección de obras pertenecientes al género histórico que el productor ruso nacionalizado norteamericano y radicado en España Samuel Bronston se empeñó en realizar con la grandiosidad como estandarte y siempre contando con grandes nombres tanto delante como detrás de las cámaras. Así, "La Caída del Imperio Romano", "Rey de Reyes", "El Cid" o "John Paul Jones" se cuentan entre las más destacadas películas de corte histórico realizadas en la década de los sesenta y, pese a que puedan ser consideradas, hoy en día, de una monumentalidad un tanto absurda que recurría a las escenas de masas y al Cinemascope como reclamo para la taquilla, son producciones a las que no puede negárseles una indudable espectacularidad que, en muchas ocasiones, iba de la mano de bellísimas estrofas cinematográficas de primera calidad.
En los primeros años de la década de los sesenta, Ava Gardner vivía ociosamente y sin mostrar demasiado apego a su carrera. Una vez finiquitado su contrato con la Metro en 1959, Gardner parecía haber perdido el interés por el cine, y los guiones de nuevas películas que se le ofrecían constantemente se acumulaban en su dúplex madrileño sin que les echara apenas un vistazo. Hasta se permitió el lujo de rechazar el papel de Alexandra del Lago en la adaptación que iba a realizar Richard Brooks de la obra de Tennessee Williams "Dulce pájaro de juventud", personaje que parecía escrito para ella y que iría, finalmente, a parar a las afortunadas manos de una espléndida Geraldine Page que se auparía con una nominación al Oscar y la consideración unánime de la crítica mundial. Sin embargo, acuciada por la endeblez de unas finanzas socavadas por su dolce vita madrileña, Ava Gardner consideró que había llegado el momento de volver a trabajar. Barajando las múltiples ofertas de que disponía, decidió aceptar el papel de una baronesa rusa con alma de demi mondaine que se ve envuelta en el conflicto bóxer, y que acaba expiando sus pecados como enfermera de los soldados de las legaciones internacionales que resultan heridos durante el asedio y vendiendo sus fabulosas joyas para comprar un carro lleno de fruta para los niños huérfanos. Antes de morir con la conciencia limpia, la baronesa tiene tiempo de mantener una extraña y no consumada relación sentimental con el Mayor del ejército de los Estados Unidos interpretado por Charlton Heston en una de sus habituales composiciones y, tal vez, algo más hiératico que de costumbre.
La resolución tomada por Ava Gardner no había resultado, en cualquier caso, gratuita. El hecho de que la película se rodara a pocos kilómetros de Madrid fue el principal aliciente para aceptar el papel, pero también lo fueron los dos grandes camerinos con cocina completamente equipada y nevera para ella sola, amén de otros lujos y comodidades que Bronston le puso por delante para conseguir que la Gardner se uniera a la producción. Sin embargo, la realidad es que la suma que le fue ofrecida -500.000 dólares de la época, una auténtica fortuna- era absolutamente irrechazable, teniendo en cuenta que, en un principio, el papel de la baronesa Ivanoff era ciertamente anecdótico y requería de la actriz un esfuerzo relativo. Por su parte, Heston pareció no aceptar de buen grado la participación de Ava Gardner en la película, ya que él había solicitado a Bronston poder contar con la actriz francesa Jeanne Moreau para el papel de la baronesa Ivanoff. Heston, que estaba convencido de que Gardner era una estrella en decadencia, nada pudo hacer para evitarlo, aunque mostró abiertamente su animadversión hacia ella durante el rodaje, acusándola de lastrar el desarrollo del trabajo con sus actitudes de diva y su poco interés por la producción. Parte de verdad había en las acusaciones del protagonista masculino, ya que Gardner llegaba considerablemente tarde al plató por la mañana, y se marchaba dando un portazo cuando ocurría cualquier cosa que la molestara. Una vez, desapareció durante un día entero cuando un extra chino le sacó una fotografía, alegando que en su contrato se especificaba muy claramente la prohibición absoluta de tomarle fotos en el set de rodaje. Por su parte, Ava Gardner acusaba a Heston de ser un machista radical ultraconservador. Por supuesto, la química entre ambos intérpretes se resiente en pantalla, mostrando un feeling prácticamente inexistente al que la poca consistencia del guión no ayudó en absoluto. Un guión, por cierto, que acusaba los estragos causados por constantes rectificaciones y cambios a los que se veía obligado el equipo de guionistas, encabezado por Philip Yordan y Bernard Gordon. Las páginas con el guión de las escenas del día se les entregaban a los actores la misma mañana antes de comenzar el rodaje, sin tiempo apenas para memorizar sus frases. La terna protagonista se completó con David Niven, muy en su personaje de diplomático británico que toma las riendas del delicado asunto político que tiene entre manos ante la pasividad del resto de países implicados. Niven ofrece una excelente interpretación, así como los actores de reparto, un magnífico y distinguido plantel compuesto por nombres del cine y el teatro británicos como Dame Flora Robson (impresionante en su caracterización de la emperatriz viuda Tseu-Hi), Leo Genn, Robert Helpmann o Harry Andrews. Malas lenguas aseguraron que el hecho de que Ava Gardner se mostrara tan aterrorizada durante el rodaje de la película se debió al hecho de tener que actuar junto a tan prestigiosos nombres, aunque la verdad hay que buscarla en su característico pánico a las multitudes, cosa comprensible en un set con más de cinco mil extras. Extras, además, a los que hubo que reclutar por toda Europa, ya que España aún no había comenzado a experimentar el fenómeno de la inmigración. Otros países del viejo continente, por el contrario, sí disponían en cantidad de elemento humano asiático que fue reclutado entre el personal de restaurantes y lavanderías. Por su parte, Samuel Bronston, gato viejo en las tareas de promoción de sus producciones fílmicas, ofreció el papel finalmente encomendado a Flora Robson a Greta Garbo, que llevaba más de veinte años retirada de las pantallas. El hipotético y clamoroso retorno de La Divina al cine hizo correr ríos de tinta y sirvió de publicidad previa y gratuita para la película, pero, en realidad, Garbo había declinado la oferta en el mismo momento en que le fue propuesta. Otro de los ítems generosamente difundido por la oficina de prensa de Bronston fue el maravilloso vestuario turn of the century creado para Ava Gardner por los diseñadores Veniero Colasanti y John Moore. La reconstrucción en decorados a tamaño natural de buena parte de la ciudad de Pekín tal como era a principios del siglo XX -asimismo labor de Colasanti y Moore- resultó una descomunal tarea llevada a cabo por un ejército de carpinteros, pintores e interioristas que reprodujeron hasta el último detalle interiores y exteriores de la ciudad prohibida y las legaciones internacionales, resultando especialmente impresionante el Templo del Cielo con el salón del trono de los emperadores manchúes y la enorme muralla tras la que se protegen del asedio bóxer los miembros de las embajadas occidentales y sus familias. La localización del enorme decorado se hallaba en Las Rozas, localidad cercana a la capital con una típica orografía mesetaria que ofrecía una llanura ideal para la ubicación del falso Pekín, tras el cual asomaban las crestas de la sierra del Guadarrama. Parte de estos decorados sirvieron, al año siguiente, para ser reconvertidos en el foro de la Roma imperial en la nueva producción de Bronston, "La caída del Imperio Romano", film que marcaría una clara decadencia de esta clase de espectáculos y que se confirmaría con el fracaso de "El fabuloso mundo del Circo", canto del cisne del arriesgado productor, el cual ya no volvería a reverdecer los laureles de antaño pasando a producir unas cuantas películas menores de relativa trascendencia antes de su retirada definitiva en 1984.
"55 días en Pekín" es, pues, uno de los últimos y sonados coletazos de un cine-espectáculo que tuvo su máximo representante, durante los años cuarenta y cincuenta, en Cecil B. de Mille y sus mastodónticas producciones bíblicas, un formato que no pudo seguir luchando contra los nuevos parámetros en los que comenzó a moverse la industria del cine a partir de la segunda mitad de los años sesenta coincidiendo con el final del star-system y del monopolio de los grandes estudios de Hollywood. A pesar de la etiqueta de película de simple entretenimiento que puede arrastrar, "55 días en Pekín" es, ciertamente, una de las más inspiradas realizaciones de Nicholas Ray, poética y desencantada, que se beneficia de la magnífica banda sonora compuesta por Dimitri Tiomkin, de un preciosista diseño de producción y una bellísima fotografía de Jack Hildyard. Con el paso de los años, es posible que lleguemos a comprender mejor el verdadero valor de esta joya del cine épico, cargada de simbolismos acerca de la solidaridad y la remisión de pasados borrascosos, pero también como catálogo psicológico acerca de la codicia, la ambición, y el afán de poder del ser humano.

sábado, 7 de marzo de 2009

"Venus era mujer" o la quintaesencia del ideal clásico

Hollywood, 1948. Ava Gardner seguía, imparable, ascendiendo en su categoría de gran estrella de la pantalla, siendo una de las caras más reproducidas en las portadas de las revistas de la época, las cuales aireaban sus aventuras amorosas -en realidad, fotos promocionales filtradas por la Metro-Goldwyn-Mayer a la presse du coeur de la ciudad- al mismo tiempo que se hacían eco, con mayor o menor entusiasmo, de sus apariciones en la pantalla. Gardner no estaba, desde luego, demasiado contenta con el trato que estaba recibiendo por parte de la MGM, en donde seguían resistiéndose a ofrecerle papeles de envergadura mientras la explotaban como estandarte de su más alto glamour. De hecho, el mayor éxito de la actriz hasta ese momento había sido "Forajidos", mítica cinta del mejor cine negro en la que se adaptaba un relato corto de Ernest Hemingway, "The Killers", junto a otro gran aspirante a luminaria fílmica, un viril Burt Lancaster mostrando su cara más brutal. "Forajidos" fue producida por la Universal Pictures en 1946, para la que solicitó a la Metro la cesión de Gardner por una considerable suma de dinero, del cual la actriz solo percibiría un irrisorio porcentaje. Así, prestada, alquilada o cedida a otros estudios, Gardner languidecía entre las paredes del lot de la MGM mientras ni Louis B. Mayer, el todopoderoso mandamás del estudio, ni ninguno de sus asesores parecían darse cuenta del diamante en bruto que tenían entre las manos.
Dos años más tarde de la producción de "Forajidos", la Universal se hallaba preparando la trasposición fílmica del que había sido un éxito de la cartelera de Broadway basado en la novela de Thomas Anstey Guthrie "The Tinted Venus", con música de Kurt Weill y texto de S. J. Perelman y Ogden Nash. La película se titularía igual que su precedente sobre los escenarios, "One touch of Venus" (que se estrenaría en España como "Venus era mujer"), conllevando la producción de la misma un delicado dilema: ¿quién podría resultar creíble como encarnación de la diosa clásica del amor y la belleza? La respuesta estaba cantada, ya que todo Hollywood sabía que solamente el rostro único de Ava Gardner podía atreverse a asomarse a la pantalla bajo la personalidad de la deidad mitológica. Así, la Universal volvió a solicitar a la Metro-Goldwyn-Mayer que le cediese a su estrella en exclusiva, y de nuevo Ava Gardner trabajó para otro estudio, en esta ocasión junto al actor Robert Walker y bajo la dirección de William A. Seiter.
"One touch of Venus" narra, en clave musical, la peripecia de un tímido y mediocre escaparatista de unos grandes almacenes de Nueva York, Eddie Hatch, el cual, sin pretenderlo, da vida a la estatua de la Venus Anatoliana que su jefe y dueño de los almacenes, el señor Savory, ha adquirido en el Peloponeso para exhibir en su establecimiento. La Venus revivida, naturalmente, se encarna en los rasgos de una Ava Gardner insultantemente bella y vestida con una ligera clámide blanca que permitía intuir su estilizada figura. Tan ligera era, por cierto, la blanca prenda que un empleado de los estudios tenía la misión de seguir a la actriz con una estufa portátil allá donde se dirigiese para evitar que se enfriara. Para la realización de la estatua que debía tomar vida la Universal contrató los servicios del escultor Joseph Nicolosi, quien modeló a Ava Gardner con el pecho desnudo, tal como dictaban los cánones estéticos de la antigüedad clásica. Los directivos de la Universal, por descontado, se echaron las manos a la cabeza exigiendo a Nicolosi que cubriera púdicamente el busto de la escultura tomando como referencia la túnica que el diseñador Orry Kelly había creado para la actriz.
El rodaje de la película no resultó sencillo para Ava Gardner. Su coprotagonista, Robert Walker, era un hombre acomplejado que arrastraba un enorme problema con el alcohol desde su separación de la que había sido su esposa, la actriz Jennifer Jones. La Universal, al tanto del problema, intentó evitar que el actor consumiera su habitual y desmesurada dosis diaria de alcohol poniéndole al cuidado, dia y noche, de un preparador físico con el que convivía en un apartamento dentro de los estudios. Los complejos de Walker, que le tenían completamente atormentado, llegaban a tales extremos que se hacía forrar su ropa con hombreras y toda clase de rellenos para aumentar su corpulencia física. Gardner, sintiendo por su compañero una lástima immensa, se propuso echarle una mano, sacándole a cenar o a bailar -siempre seguidos de cerca por el férreo control de los estudios- para conseguir mejorar su ánimo. El habitual cretinismo de ciertos sectores de la prensa, naturalmente, confundió una tierna amistad con ese "algo más" que tantos periódicos y revistas vendía, y se airearon falsos rumores acerca de una posible relación entre ambos.
Las canciones de Ava, románticas y pegadizas, fueron dobladas por una cantante profesional, situación que anticipaba la costumbre de doblar por sistema a la actriz pese a que su voz, "sin ser la de Lena Horne" (Gardner dixit), era agradable y bien timbrada. El resto del reparto estaba integrado por nombres populares como los de Eve Arden, Olga San Juan, el cantante Dick Haymes -entonces marido de Rita Hayworth- y el característico Tom Conway. Pese a todo ello, la cinta resultó un fracaso de taquilla que la crítica acogió con reservas evidentes. Gardner tuvo que ver como se ensañaba con ella parte de la prensa, especialmente la columna del New York Times que escribía Bosley Crowther, reconocido detractor de la joven estrella, quien aseguró que "como actriz, Miss Gardner continúa siendo una estatua". En cualquier caso, la posterior trayectoria de Ava Gardner ha hecho que la película figure en las enciclopedias de cine, pasando a ser su imagen vestida con la clámide olímpica parte indisoluble de su mito.

viernes, 9 de enero de 2009

Gardner & Rooney: juegos de niños

Ava Gardner conoció a Mickey Rooney el mismo día de su llegada a la Metro-Goldwyn-Mayer, el 23 de Agosto de 1941, mientras Milton Weiss, empleado del departamento de publicidad de los estudios, les ofrecía a la joven aspirante a estrella y a su hermana mayor, Bappie -que la acompañó a Hollywood a requerimiento de su madre, dada la juventud de Ava- el habitual tour por los platós y las dependencias de la casa. Rooney se hallaba en pleno rodaje de "Babes on Broadway", y estaba interpretando un número cómico de la película en el que aparecía disfrazado de Carmen Miranda. En cuanto vio a la bellísima sureña agazapada en el fondo del set, se adelantó para saludarla, abriendo una enorme bocaza pintada de rojo carmín. Ava no pareció quedar muy impresionada por el bajito -apenas 1,60 de altura- Mickey Rooney, a la sazón una de las más importantes luminarias de Hollywood, cuyas películas musicales junto a Judy Garland venían siendo enormes triunfos en el box-office. Rooney, por su parte, quedó fascinado por la belleza y el encanto de la nueva starlette, y comenzó a asediarla en todo momento, mientras aseguraba a boca llena que conseguiría hacerla suya. El acoso era implacable: desde el comedor de los estudios hasta los platós fotográficos donde Ava no hacía más que posar en traje de baño en interminables sesiones, organizaba representaciones improvisadas -su espíritu de clown era notable- haciendo gala de sus más aclamados recursos cómicos para impresionarla. Pero mientras todo el mundo se reía a mandíbula batiente con las gracias de Rooney, la testaruda Gardner seguía sin prestar atención al circo desplegado en su honor.Tal vez fuera este el motivo por el que los cimientos de Rooney, considerado todo un playboy de las noches hollywoodenses, comenzaran a resquebrajarse. No estaba acostumbrado a recibir negativas de las jóvenes a las que hipnotizaba con su publicitado encanto, y los desplantes de Ava Gardner se habían convertido en todo un reto, en una muralla a derribar. Rooney, que salía con muchachas por docenas, exhibiéndose con todas ellas en los locales nocturnos de la ciudad, abandonó su habitual promiscuidad para centrar sus esfuerzos en la caza y captura de Ava. Le enviaba docenas de ramos de rosas rojas y orquídeas que se acumulaban en el pequeño apartamento alquilado de la avenida Franklyn que compartían las hermanas Gardner, y se presentaba cada mañana en la puerta del edificio para acompañarla a los estudios en su automóvil. Esta circunstancia, por cierto, duró poco, al intentar Rooney propasarse en el asiento trasero.Gardner, por su parte, comenzó a verse presionada por los estudios para aceptar las ofertas de Rooney para salir a bailar o a tomar una copa, ya que consideraban que podía ser positivo para el despegue de su carrera. Tímidamente al principio, Ava consintió en dejarse ver con él, frecuentando los clubs más populares de Hollywood. Lo que comenzó siendo una estrategia publicitaria acabó siendo un auténtico romance cuando Rooney desplegó todo su encanto, adquirido después de muchos años de acoso y derribo de jóvenes starlettes. En ese período, Ava Gardner conoció y se relacionó con todas las grandes estrellas de Hollywood, terreno vedado para las aspirantes a actriz en el elitista mundillo de la Meca del Cine. Al mismo tiempo, comenzó a encontrarle el gusto a la vida nocturna y a los restaurantes caros, mientras que aceptaba -aguijoneada por su ambiciosa hermana Bappie- los lujosos regalos que Rooney le hacía constantemente. Así, en los mentideros de Hollywood, aquella apocada jovencita sureña comenzó a ser considerada seriamente como la más firme candidata para llegar a ser la señora Rooney.
La proposición de matrimonio no tardaría en llegar. La familia Gardner, en su humilde hogar en Carolina del Norte, no pudo creerlo cuando supo de la noticia, mientras que los Rooney estaban convencidos de que su retoño era demasiado joven para casarse. Por si fuera poco, Louis B. Mayer, el magnate propietario de la Metro-Goldwyn-Mayer, puso el grito en el cielo, mostrándose abiertamente en contra de lo que consideraba un immenso desatino, aunque tuvo que pensárselo dos veces al imaginar lo que podría ocurrir ante un desplante de su estrella más cotizada, cuyas películas de la serie de "Andy Hardy" estaban llenando de dinero las arcas de la productora. Finalmente, Ava y Mickey se casaron el 10 de Enero de 1942 en Ballard, cerca de Santa Bárbara. Los únicos presentes en el evento fueron Bappie, Les Petersen (responsable de la publicidad de Rooney en la MGM), y el reverendo oficiante y su esposa. Ava llevaba un sencillo traje sastre azul y un ramillete de orquídeas entre sus nerviosas manos.
La primera decepción de su vida de mujer casada llegó la mañana siguiente de su noche de bodas, cuando Ava se despertó y se dio cuenta de que su flamante marido había cogido los palos de golf abandonando el lecho conyugal. El campo de golf fue el lugar donde los Rooney pasaron el resto de su luna de miel, y Ava tuvo que pasar más tiempo con Les Petersen -con el encargo personal de Louis B. Mayer de no perderles de vista- que con su esposo. Poco después, el joven matrimonio visitó Smithfield para que Mickey pudiera conocer a su nueva familia política, regresando rápidamente a Hollywood para enrolarse en una gira de las estrellas de la pantalla para recaudar bonos de guerra (la Segunda Guerra Mundial estaba, entonces, en su máximo apogeo). Más tarde, y como demostración de la creciente celebridad de la pareja, Ava y Mickey serían algunos de los distinguidos invitados del mundillo cinematográfico presentes en Washington para celebrar el cumpleaños del presidente de los Estados Unidos, Franklyn D. Roosevelt. La vida con Mickey Rooney era, pues, un constante ajetreo, tanto que Ava Gardner decidió que no iba a quedarse atrás. Tomó lecciones de golf, y también de natación con la mismísima Esther Williams. Todo ello, unido al agobiante ritmo de trabajo del estudio -sesiones fotográficas, clases de dicción para erradicar su fuerte acento sureño, pruebas de cámara, presentaciones públicas- acabó por agotar a la voluntariosa joven, que comenzó a desarrollar frecuentes dolores de estómago que tenían su raíz en su desafortunada vida de casada. Rooney, lamentablemente, prefería la práctica del golf, las carreras de caballos o las citas con otras mujeres a llevar una auténtica vida de casado, aquella con la que su esposa soñaba. Ava, educada severamente por su madre en férreas virtudes morales, deseaba un hogar tranquilo, lleno de niños, con veladas al calor de la chimenea durante el invierno y un porche fresco en el que descansar en las tardes de verano. Un año y cinco días después de los esponsales, Ava Gardner y Mickey Rooney se separaban oficialmente, dictándose la sentencia de divorcio el 21 de Mayo de 1943. Un día doblemente triste para Ava, ya que recibió la noticia de la muerte de su madre, enferma de cáncer, hecho que la sumió en un profundo complejo de culpabilidad. Aceptó recibir 25.000 dólares de Rooney y rechazó apoderarse de la mitad de sus bienes, alegando que ambos eran demasiado jóvenes y que el ambiente de Hollywood no les había dado ni la más mínima oportunidad.
Ava Gardner y Mickey Rooney siempre sintieron, a pesar del fracaso absoluto que había representado su corto matrimonio juvenil, un gran cariño y respeto el uno por el otro, e incluso se recordaron con especial afecto en sus respectivas autobiografías. Ava Gardner, dentro de la más absoluta discrección y sin hacer ningún alarde de ello ni siquiera en su círculo íntimo, ayudó económicamente a Rooney durante los años en los que el actor estuvo de capa caída, y este reconoció públicamente los méritos de la que fue su primera esposa con estas palabras: "Ella nunca me necesitó para nada. Consiguió llegar a ser lo que fue, en primer lugar, gracias a su increíble belleza, después a las clases de arte dramático, y más tarde a las lecciones de la vida misma, que se encargó de convertirla en una buena actriz... ¿Quién diablos recuerda hoy a Ava Rooney?".