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sábado, 2 de enero de 2010

"Topo Gigio: Esta es su vida"


Existe un refrán de la sabiduría popular castellana, "todo es el del color del cristal con que se mira", que es una verdad del tamaño de un templo y que nadie puede ignorar. Y es que a los niños de los años sesenta en la España oprimida, oscura y castrante de los últimos coletazos agónicos de la dictadura franquista nunca nos pareció que las cosas fueran así. Por supuesto, crecimos y nos enteramos de que nuestros proletarios padres habían corrido delante de los grises en manifestaciones sindicales duramente reprimidas que acababan bañadas en sangre, que muchos de ellos durmieron en el suelo de los calabozos de las jefaturas de policía junto a un cubo y un periódico viejo, y que el anciano decrépito cuya imagen presidía nuestras aulas escolares firmaba sentencias de muerte para los opositores a su régimen mientras se ventilaba una paella valenciana, parece ser que su plato favorito. Pero a nuestros tiernos seis o siete añitos, la vida en España era maravillosa: los chicles Dunkin venían con figuritas de plástico para jugar (entonces, la palabra "coleccionar" no tenía ningún sentido), los cines echaban dos películas en lugar de una sola, y la televisión reinaba como la fábrica de sueños por antonomasia que nos ofrecía un universo en blanco y negro que nunca pensamos que llegara a tener color, un universo habitado por la perrita Marilyn, los Chiripitifláuticos, la irremplazable María Luisa Seco, la Familia Munster y Huckleberry Hound.
Entre las estrellas infantiles que brillaron intensamente en los oropeles catódicos de la Televisión Española de hace cerca de cincuenta años, destacó un producto de importación que llegó a ser tan conocido como la pasta, la pizza o la mozzarella de su país de orígen, un entrañable elemento de grandes orejas y largos bigotes que respondía al nombre de Topo Gigio, y que se hizo tan inmensamente popular que su fama trascendió las fronteras de su país natal dando la vuelta al mundo en un carrusel de éxito que se prolongó durante varias décadas. Su creadora, la veneciana Maria Perego, dio forma a su personaje en 1961, cuando buscaba una nueva técnica que permitiera dar mayor realismo a los títeres sin necesidad de utilizar los antiestéticos hilos que tantos problemas visuales daban en televisión. Perego desarrolló una variante del sistema empleado por la titiritera austríaca Herta Frankel para sus programas televisivos, mediante la cual un fondo negro permite al marionetista trabajar sin cables ni alambres dotando de gran expresividad a los movimientos de los muñecos que anima. Perego, así, dio vida a un ratoncito sensible y de gráciles y delicados movimientos que hablaba pausadamente -con la voz prestada del actor Peppino Mazzello- y que mostraba unos encantadores, enormes y transparentes ojos azules de larguísimas pestañas que lograron hipnotizar a la audiencia ya desde su primera aparición en el programa-estrella de la RAI "Canzonissima", suerte de varietà televisivo donde actuaban las principales figuras del espectáculo italiano, desde Mina hasta Walter Chiari pasando por Domenico Modugno o Adriano Celentano, y que años más tarde, ya en la década de los setenta, llegaría a presentar mano a mano con la mismísima Raffaella Carrà.
  
Topo Gigio no tardó en tener sus propios programas en televisión, producciones dirigidas principalmente al público infantil pero que gracias al carisma de tan singular personaje sobrepasaron el ámbito de los más pequeños para ser consumidas por toda la familia. De esta manera, sus irresistibles caídas de ojos, sus oraciones a San Peppino (un guiño al actor que le daba voz), su tierna e inocente pasión por Brigitte Bardot y su modo de interactuar con sus contrapuntos humanos encandilaron a toda una Italia fascinada que le encumbró prácticamente al nivel de gloria nacional dando lugar al lanzamiento al mercado de toda clase de productos de merchandising e inundando todos los rincones con su ya archipopular imagen.
Dado este éxito, el salto a las televisiones de otros países era inevitable, recibiendo la primera y sonada oferta desde los Estados Unidos en 1964 para aparecer en el mítico programa The Ed Sullivan Show (con quien aparece junto a estas líneas), viajando después a muchos países de la América Latina como Argentina, Venezuela, Perú, Ecuador o Brasil donde sus programas se emitieron durante más de veinte años. En México disfrutó de un período dorado que le llevó a ser invitado al programa infantil más popular de la historia de la televisión mexicana e ídolo indiscutible de la chiquillería azteca, "El Chapulín Colorado", y en Chile compartió la pantalla con el prestigioso locutor Raúl Matas en su exitosa emisión "Una vez más". Su llegada a España supuso otro triunfo de clamor, debutando junto a la veterana presentadora Ana María Solsona en el programa de TVE "Amigos del Martes" y pasando pronto a tener también su propio espacio en horario infantil, convirtiéndose en la más popular de las estrellas televisivas infantiles de la época.
La decadencia, inherente a todas las grandes personalidades del espectáculo, afectó también a Topo Gigio, que comenzó a verse relegado a finales de los años setenta por nuevas y emergentes estrellas de la televisión que venían pisando muy fuerte en forma de cartoons japoneses como "Mazinger-Z!, "Heidi" o "Marco", coloristas y espectaculares producciones animadas que fueron barriendo a los ingenuos títeres de antaño de las parrillas de programación. Sin embargo, Topo Gigio experimentó un repentino auge mundial a caballo entre las décadas de 1980 y 1990, en parte gracias a los esfuerzos y la tenacidad de su creadora, Maria Perego, quien había tenido el acierto de retener para sí los derechos de su personaje -derechos que aún hoy en día gestiona- y que supo adaptar a los gustos y preferencias del público infantil del momento aprovechando para lanzar una colección de libros educativos y para reverdecer laureles en la televisión. En España, Topo Gigio apareció como invitado en numerosas ediciones del programa "Xuxa Park" presentado por la singular vedette brasileña y con la que el pobrecito ratón tuvo que lidiar añadiendo un componente descaradamente sexual, muy propio, por otro lado, de los programas de la inefable Rainha dos Baixinhos. Su reaparición más exótica, en cualquier caso, se produjo en la televisión japonesa -como Toppo Jijjo- en dos series de dibujos animados emitidas en 1988 y 1989.
En la actualidad, Topo Gigio no es conocido por las nuevas generaciones de infantes consumidores de violentos y poco sentimentales juegos para Play StationNintendo DS o Wii, y para los cuales el candor y la ingenuidad del ratón italiano es algo que queda, desgraciadamente, ya muy fuera de su alcance. El único contacto que pueden tener con él es a través del recuerdo nostálgico de sus padres, un recuerdo que, como todos, alberga cierta tristeza por la irremediable y definitiva pérdida de una manera de hacer televisión infantil a distancias astronómicas de la que se practica hoy en día, y de la cual el pequeño ratón -que no un "topo", por cierto, no hay más que coger el diccionario italiano para comprobarlo- fue uno de sus más reconocibles iconos.

sábado, 27 de junio de 2009

Farrah Fawcett, una belleza nada angelical

Pese a que no soy muy aficionado a los obituarios, hoy me siento en deuda con esta rubia belleza que acaba de dejarnos, silenciosamente, a los 62 años. Es por ello que quiero, a través de este post, rendir tributo a la que fue el icono absoluto de la televisión de los años setenta para toda una generación, una muñeca rubia que copó las portadas de las principales revistas del mundo entero y cuyo famoso póster publicado por la revista Life en 1976 (junto a estas líneas) -el más vendido de la historia de las pin-up- decoró las habitaciones de millones de adolescentes que suspiraban por sus doradas guedejas despuntadas que desafiaban la Ley de la Gravedad y que emmarcaban una contundente mandíbula trufada de brillantes perlas blanqueadas con Ultra Brite. Sí, yo fui también uno de aquellos niños fascinados por esa belleza que respondía, por aquella época, al nombre de Farrah Fawcett-Majors y que, según narraban las revistas, estaba casada con un muy atractivo ejemplar masculino llamado Lee Majors que se había hecho universalmente popular gracias a una serie de televisión, "Six Million Dollar Man". La famosa fotografía, publicada por la prensa española, colgó asimismo de las paredes de mi cuarto, convirtiendo a la explosiva actriz en la primera expresión de mi proverbial mitomanía, pocos años antes de que el huracán Gardner lo arrasara todo para siempre.
La carrera de la tejana Ferrah Leni Fawcett, nacida en Corpus Christi en 1947, arrancó cuando, en 1969, un publicista de Hollywood vio su foto impresa en el anuario de la University of Texas at Austin, donde la futura estrella cursaba sus estudios. La joven Ferrah vio su nombre cambiado en "Farrah" por imperativos del marketing publicitario, y comenzó en Los Angeles una exitosa carrera como modelo, que la llevó a protagonizar spots para famosísimas marcas como Noxzema, Mercury Cougar o Wella Balsam. Pronto fue uno de los rostros más populares de la televisión, lo que le valió recibir ofertas para actuar en series para la pequeña pantalla. Su primera aparición como actriz tuvo lugar en "Mi Bella Genio", en 1969, continuando con pequeños papeles en otros programas como "Harry O" o "Owen Marshall: Counselor at Law". En 1974 conoció al que pronto sería su marido, el actor Lee Majors, con el que trabajó en un episodio de "Six Million Dollar Man". Farrah adoptó el apellido de su esposo y, poco después, recibió la oferta para ser el poster central de Life. La propia actriz seleccionó la archifamosa fotografía de Bruce McBroom que la mostraba luciendo un provocativo bañador rojo ante una colorista manta india en una evocativa imagen californiana de la que llegaron a venderse 12 millones de ejemplares impresos.Tras aparecer en un papel episódico -aunque ya dueña de su inconfundible estilo- en la película de ciencia ficción "La Fuga de Logan", llegó el triunfo definitivo y su consagración como gran estrella del medio televisivo de la mano de los productores Aaron Spelling y Leonard Goldberg, quienes se encontraban a la caza y captura de las tres actrices que debían dar vida a las protagonistas de su nueva serie, "Los Angeles de Charlie". Farrah fue immediatamente contratada para el papel de Jill Munroe, completándose la terna con Kate Jackson (Sabrina Duncan) y Jaclyn Smith (Kelly Garrett). "Charlie's Angels" fue un éxito fulgurante que ascendió con absoluta facilidad a lo más alto del ranking televisivo, manteniéndose como líder de audiencia durante las cinco temporadas de las que se compuso la serie con un total de 110 episodios, de los cuales Fawcett-Majors tomó parte en los correspondientes a la temporada inicial de 1976-1977. Cuando abandonó la producción, fue sustituida por otra oxigenada belleza, Cheryl Ladd, quien a pesar de su excelente trabajo no logró conseguir que un público devoto olvidara a la genuina tejana. Jackson se mantuvo en la serie desde 1976 hasta 1979, Smith desde 1976 hasta 1981, Ladd apareció entre 1977 y 1981, y aún se contabilizaron dos "ángeles" más, Shelley Hack (1979-1980) y Tanya Roberts -más tarde, chica Bond junto a Roger Moore en "A View to a Kill"- que formó parte del elenco durante la última temporada 1980-1981.
Las aventuras de las tres detectives a sueldo de la agencia de investigación del misterioso Charles Townsend (cuya voz, en la versión original, correspondía al actor John Forsythe) dieron lugar a un éxito sin precedentes, generando un enorme y lucrativo negocio basado en la imagen de sus tres protagonistas y del que surgieron, salvo honrosas excepciones, inenarrables objetos que forman parte de la iconografía kitsch de los setenta. No hace falta decir cual de las tres se convirtió en la muñeca más vendida en las Navidades de 1976, juguete lanzado al mercado por Mego junto a una espléndida colección de vestidos y complementos en la línia de la inefable Barbie de Mattel. En el mismo sentido, su immensa popularidad motivó que la casa de cosméticos Fabergé creara un champú, Farrah, que hacía de la actriz su fetiche presidencial exprimiendo al máximo el tirón que el increíble look de su cabello tenía para las mujeres de medio mundo.
La carrera de la actriz -ya divorciada de Majors y habiéndose desprendido definitivamente del apellido de su ex-marido- pareció augurar las mejores perspectivas tras su actuación en "Extremities" (1986), durísimo personaje en un film de largometraje por el que recibió un Golden Globe Award y el aplauso unánime de la crítica estadounidense, y al que ya había encarnado, tres años antes, en la producción teatral del off-Broadway neoyorquino sustituyendo a la actriz Susan Sarandon. Anteriormente, una zambullida más en el cine de ciencia ficción junto a Kirk Douglas en "Saturno 3" (1980) no resultó todo lo satisfactoria que un elevado presupuesto y la dirección de Stanley Donen -en un registro en las antípodas de lo que había sido lo habitual en su carrera-  podían dar a esperar. La película, sin llegar a poder ser considerada un fracaso absoluto, no supuso el éxito de taquilla que se preveía, tal vez por considerar, atrevidamente, que la simple presencia de la cotizada estrella rubia arrastraría al público en masa a las salas de exhibición.
Entrada ya la década de los noventa, Farrah Fawcett alternó con desigual fortuna sus apariciones en el cine y la televisión, convirtiéndose para el gran público poco menos que en el recuerdo constante de su personaje en "Los Angeles de Charlie". Su relación, llena de intermitencias, con el actor Ryan O'Neal, que había dado inicio en 1982, la hacía todavía ser blanco de los paparazzi de Hollywood, que se hacían eco de sus constantes desavenencias presididas por rompimientos seguidos de estruendosas reconciliaciones, situación que el nacimiento de su hijo Redmond en 1985 no solamente no solucionó, sino que complicó cuando el muchacho dio, en plena adolescencia, muestras de su afición a los narcóticos. Las dificultades en su vida personal tocaron techo cuando Fawcett fue diagnosticada de cáncer anal en 2006, empezando una dura lucha contra la enfermedad que pareció marcar un período de acercamiento con O'Neal que les llevó a anunciar su imminente matrimonio a principios de este año. La feliz ocasión no llegó a celebrarse, ya que su muerte el pasado 25 de Junio acalló las campanas de boda.
Adiós, pues, a esta cara perpetuamente sonriente que hizo de su cabello -aclamado por la prensa americana como most famous hair in the world- y de su perfecta dentadura sus caballos de batalla en una época en que la televisión, desgraciadamente a diferencia de hoy en día, todavía sabía fabricar grandes estrellas.

sábado, 6 de junio de 2009

"El Planeta de los Simios"... catódicos

De la época dorada de la televisión de mi infancia recuerdo con especial nostalgia la franja horaria que transcurría, felizmente, antes del Telediario de la noche. Televisión Española dedicó, durante muchos años, ese lapso de tiempo a emitir series para el consumo de toda la familia y, aunque hoy en día cueste creerlo, ese espacio era un momento de máxima audiencia diaria. Así, productos como "Los Walton", "Con ocho basta" o "Grizzly Addams" gozaron de gran predicamento entre el público de los setenta en esas horas vespertinas (los highlights seriados se reservaban para el fin de semana: "Charlie's Angels" para la tarde del sábado y "La Casa de la Pradera" para la sobremesa del domingo). De entre esa programación de los weekdays dejó en mí una importante huella una serie basada en el que había sido, en 1968, uno de los mayores éxitos cinematográficos del nuevo cine de ciencia ficción que se asomó a las pantallas a finales de la década de los sesenta, "El Planeta de los Simios".
La serie homónima producida en 1974 por Herbert Hirschman y Stan Hough para la CBS fue, para mi generación, el descubrimiento del universo POTA (para los no iniciados, siglas que utilizan los fans americanos para referirse a todo el tinglado de secuelas y series organizado por la saga de "El Planeta de los Simios" en los últimos cuarenta años) cuando muchos de nosotros aun no habíamos tenido la oportunidad de ver la película original protagonizada por Charlton Heston en su estreno en las salas de exhibición cinematográfica, entre otras consideraciones porque el censor de turno le puso una calificación que impedía a los menores poder verla, no se sabe a ciencia cierta si por el exhibicionismo de su protagonista -siempre presente, pero llevado aquí extremos casi indecentes- o por su carga de profundidad religiosa, política y moral. La censura eclesiástica de los últimos estertores del régimen franquista -que aún no había acertado a comprender las teorías de Darwin- debió echarse las manos a la cabeza al visionar un mundo gobernado por especies inferiores no evangelizadas, temática no apta para infantes recientemente catequizados como era mi caso, entonces un tierno infante que aprendía a sangre y fuego las virtudes cristianas junto a los padres escolapios.

La serie estaba protagonizada en sus papeles principales por Roddy McDowall, quien ya llevaba a sus espaldas las cinco películas realizadas para la pantalla grande sobre la saga simiesca interpretando, en las tres primeras entregas, al científico Cornelius y, en las dos últimas, a su hijo, el rebelde César, y por los actores televisivos Ron Harper y James Naughton como los astronautas cuya nave espacial viaja mil años adelante en el tiempo para regresar a un planeta Tierra dominado por simios inteligentes que han reducido a los humanos a simples esclavos. Para mi anecdotario sentimental, debo mencionar la profunda impresión que causó en mis tiernos diez u once añitos el físico del señor Naughton, caballero de notables atribuciones viriles que despertaría en mí una precoz desazón. Recuerdo que colgué en mi habitación, junto a los últimos iconos de una infancia a punto de desaparecer, un póster representando a Naughton como el astronauta Burke y que extraje de las páginas centrales de alguna revista, hecho que motivó cierto desasosiego en el núcleo familiar y abrió un debate recurrente que hallaría confirmación pocos años después.
Roddy McDowall se implicó en la producción de la serie televisiva basada en las películas basadas, a su vez, en la novela original del autor francés Pierre Boulle por su íntima relación con todo el proyecto de "Planet of the Apes" desde los tiempos de la preproducción de la primera cinta para la pantalla grande dirigida por Franklyn J. Schaeffner y producida por Arthur P. Jacobs. McDowall llegó a identificarse completamente con el espíritu POTA y con sus personajes de Cornelius y César, a los que llevaba interpretando desde hacía más de cinco años. El papel que le fue ofrecido en la serie televisiva, el intelectual chimpancé Galen, no era más que una revisitación de Cornelius-César en la que el actor pudo recuperar las habilidades interpretativas desarrolladas en las películas para la 20th Century-Fox, consiguiendo -con el ejercicio de la sobreactuación- dotar de credibilidad y de expresión facial a lo que no era más que una elaborada máscara de gomaespuma. McDowall, londinense afincado en Hollywood desde que no era más que un actor infantil que trabajó en "¡Qué verde era mi valle!", y en "Lassie Come Home" junto a una niña de once años llamada Elizabeth Taylor, fue uno de los intérpretes de reparto más populares del cine americano. Entre sus trabajos más recordados merecen ser destacados el Malcom de la versión firmada por Orson Welles en 1948 de "Macbeth", su encarnación de Octavio en la gigantesca "Cleopatra" (1963) de J. L. Mankiewicz, y del camarero Acres en "La aventura del Poseidón" (1972). Así mismo, McDowall desarrolló una importante carrera en la televisión a partir de 1960 que le llevó a participar en episodios de series como "The Twilight Zone", "The Alfred Hitchcock Hour" o "The Invaders", por citar algunos ejemplos de una extensísima lista. McDowall llegó a dirigir un proyecto personal para la pantalla grande en 1969, "La Viuda del Diablo" (también conocida como "Tam-Lin" o "The Ballad of Tam"), sugerente historia basada en una leyenda popular irlandesa en la que ofreció el protagonismo absoluto a su buena amiga de los años del Hollywood clásico Ava Gardner. El film resultó un fracaso comercial que espera, todavía, su recuperación como uno de los experimentos oníricos más sorprendentes de la psicodelia de los años sesenta.
El rodaje de la serie de televisión "Planet of the Apes" comenzó en 1974 en las mismas localizaciones donde se rodaron las películas originales para la pantalla grande, una zona actualmente conocida como Malibu Creek State Park que, antiguamente, formaba parte de los terrenos propiedad de la 20th Century-Fox. Se utilizaron los mismos decorados de la ciudad de los simios que fueron construidos en 1968, y también los moldes originales para volver a crear las máscaras que permitían convertir a los actores en chimpancés, gorilas y orangutanes diseñadas por el maestro protésico John Chambers. El guión reseguía la línea argumental de la primera película con Charlton Heston, mostrando a dos astronautas, Naughton-Burke y Harper-Virdon, intentando sobrevivir a la nueva situación de la Tierra en el año 3085 con la ayuda del renegado chimpancé Galen y en constante peligro ante la hostilidad demostrada hacia ellos por el jefe militar gorila, el general Urko (Mark Lenard), azuzado por el orangután Zaius (Booth Colman), cabeza visible del sistema político-social de los simios y que desea la destrucción de toda evidencia de superioridad humana.
La serie contó, finalmente, tan solo con catorce episodios rodados, de los cuales se emitieron solamente trece en una temporada que abarcó de septiembre a diciembre de 1974 en su emisión original en los Estados Unidos a través de la CBS. La razón de tan corta existencia hay que buscarla en la dura competencia a la que debió enfrentarse "Planet of the Apes", en lucha con series de gran éxito que provocaron un evidente descenso en los índices de audiencia. A pesar de ello, el tema de los simios no tardó demasiado en ser retomado ya que, al año siguiente, Depatie-Freleng Enterprises (productora de los cartoons de "La Pantera Rosa") estrenó en la NBC una serie de dibujos animados, "Return to the Planet of the Apes", de la que se produjeron 13 episodios de 30 minutos de duración cada uno de ellos.

domingo, 26 de abril de 2009

Fred Gwynne, la otra cara de Herman Munster

La especial constitución de su físico -alto y desgarbado- unida a la inusual estructura de los rasgos de su rostro, dejaron bien pronto claro que Fred Gwynne no podría desarrollar una carrera de galán al uso en el mundo del espectáculo. Así las cosas, su entrada en el show bussiness se produjo en Broadway de la mano de la gran Helen Hayes interpretando a un arquetípico gangster en la adaptación de la comedia "Mrs. McThing", y siendo, más tarde, uno de los esperpénticos proxenetas de la producción teatral de "Irma la Dulce" . Esto ocurría en 1952 en Nueva York, la misma ciudad que había visto nacer a Frederick Hubbard Gwynne veintiséis años antes en el seno de una familia de inmigrantes de ascendencias irlandesa e inglesa. Pronto el interés del joven Gwynne por las tablas le hizo enrolarse en el Brattle Theatre de Cambridge, en Massachussets, compañía de entusiástica pasión por el teatro pero de poca solidez económica. Para mantenerse, Gwynne tuvo que aprovechar su talento como ilustrador, comenzando a trabajar en una agencia de publicidad en la cercana ciudad de Pittsfield.
Sin embargo, su puesto de trabajo quedó bien pronto vacante después de la genial performance que ofreció el actor con su papel de Bottom en la adaptación del Brattle de "El Sueño de una Noche de Verano", que le abrió las puertas de Broadway y, poco después, del emergente medio televisivo en el famoso programa The Phil Silvers Show, apareciendo en dos de sus episodios poco después de debutar en la gran pantalla con un papel secundario en "On the waterfront", de Elia Kazan. Acompañar al histriónico y popular Phil Silvers en la televisión representó para Gwynne un salvoconducto directo al despacho de los más importantes productores, aceptando la oferta del prestigioso Nat Hiken para protagonizar una sitcom junto al actor Joe E. Ross como una singular pareja de policías. La serie se llamaría "Car 54, where are you?" (no estrenada en España) y se convertiría en una de las más populares producciones de la NBC emitida en dos temporadas de 1961 a 1963. Las enloquecidas aventuras de los agentes del cuerpo de la policía de Nueva York Gunther Toody (Ross) y Francis Muldoon (Gwynne), destinados a la imaginaria comisaria del 53rd precinct del Bronx neoyorquino gozaron de gran popularidad y permitieron cimentar la fama y el prestigio como intérprete de comedia de Fred Gwynne. Fue durante el rodaje de esta serie, por cierto, donde conoció y trabó una gran amistad con Al Lewis, más tarde su compañero en "The Munsters", quien interpretaba aquí al oficial Leo Schnauser.
En 1964, Universal Pictures, en coproducción con Kayro-Vue, andaba preparando una nueva serie de televisión basada en los personajes del cine de terror que habían hecho la fortuna de los famosos estudios de Hollywood durante las décadas de los treinta y los cuarenta. La producción se llamaría "The Munsters", y mostraría, en clave absolutamente humorística, la cotidianeidad de una familia de inmigrantes transilvanos rendidos al american way of life de los dorados años sesenta. Los carácteres de los diferentes personajes estaban ya perfectamente definidos por los creativos: el padre sería Herman Munster, un remedo bonachón del Monstruo de Frankenstein, mientras que la madre -Lily, una abnegada ama de casa- sería una vampiresa de larga melena negra e irresistible atractivo que viviría entregada al bienestar de su amada familia. Este curioso matrimonio tendría un hijo, el pequeño Eddie, un precoz hombre-lobo siempre a vueltas con su abuelo, el mismísimo Conde Drácula, reconvertido en un inventor que dispondría de un laboratorio secreto en los sótanos de la casa. Finalmente, la sobrina de Lily, Marilyn, sería una hermosa joven convencida de ser la "oveja negra" de la familia, dado que no se parece en absoluto a sus peculiares parientes.
El potente casting, que incluía a Yvonne de Carlo y al ya mencionado Al Lewis, se completó con el fichaje de Fred Gwynne, a quien la Universal consideró el actor ideal para interpretar a Herman Munster. Gwynne, considerado ya un excepcional todo terreno en el plano de la comedia, rizó el rizo con su personificación del entrañable padre de familia que se gana la vida en la funeraria Gateman, Goodbury & Graves y que demuestra tener un elevado sentido de la honestidad y del deber para con su familia y con su patria de adopción. Su increíble talento para la comedia y su excepcional facilidad para componer hilarantes expresiones faciales rompió moldes en la televisión, siendo uno de los activos más importantes en el gran éxito que consiguió la serie durante sus dos temporadas de emisión de 1964 a 1966. En este sentido, la fama de los intérpretes que protagonizaron la serie llegó a ser tal, que su presencia era requerida en inauguraciones de grandes áreas comerciales o, incluso, de parques de atracciones, lugares donde el cast debía personarse con su maquillaje y vestuario de trabajo bajo el abrasador sol californiano dando muestras, una vez más, de su enorme profesionalidad.
Como tantas veces ha ocurrido en el mundo del espectáculo, después de un gran éxito se produce, curiosamente, una pérdida de interés de directores y productores en un determinado intérprete que se traduce en un período de letargo laboral. Esto pareció suceder también en la carrera de Fred Gwynne posteriormente a la clausura de la serie que le hizo internacionalmente famoso. A partir de 1966 recibió un puñado de ofertas para aparecer en productos de consumo televisivo, muchos de ellos aprovechando el recuerdo de su personaje en "The Munsters", como la adaptación de 1969 de "Arsénico por compasión" en donde Gwynne retomaba el personaje que había interpretado, en 1944 y bajo la dirección de Frank Capra, Raymond Massey. Así mismo, en 1972 fue invitado a participar en un pequeño papel en "Harvey", remake para la pequeña pantalla de la historia de Mary Chase llevada al cine en 1950 con James Stewart acerca de un pacífico y excéntrico solterón que parece ser el único capaz de ver a un gigantesco conejo blanco, invisible para todos los demás. Poco trabajo, pues, para un actor de las enormes posibilidades de Gwynne, quien, pese a todo, brillaba excepcionalmente a cada nueva aparición en pantalla. Con el medio radiofónico, eso sí, inició una fecunda colaboración de 1975 a 1982, años entre los que su inconfundible voz tomó parte en 79 episodios del popular programa "The CBS Radio Mystery Theatre".
Los dos últimos trabajos remarcables de Gwynne fueron para el medio cinematográfico, teniendo lugar en 1984, cuando apareció en la excelente "The Cotton Club" de Coppola, y en 1989 en la adaptación de la novela de Stephen King "Pet Sematary" dirigida por Mary Lambert y en la que el actor ofrecía una inquietante interpretación en uno de los más terroríficos relatos del moderno maestro del horror. Fred Gwynne murió a consecuencia de un cáncer en 1993, dejando un legado indiscutible a las nuevas generaciones de actores cómicos, que siguen viendo en él un ejemplo de coherencia y honestidad en la profesión actoral, y a uno de los más importantes intérpretes de comedia de la historia de la televisión americana. Y para el gran público, indiscutiblemente, Fred Gwynne seguirá teniendo los rasgos de aquel Herman Munster dulce, afectuoso e ingenuo que cautivó a toda una generación.

miércoles, 8 de abril de 2009

Mary Tyler Moore, "la chica de la tele"

Con su aspecto de neoyorquina joven, sana y republicana que celebra la Navidad con canciones de Bing Crosby y se sabe al dedillo el recetario tradicional de la cocina americana, Mary Tyler Moore no podía hacer otra cosa que convertirse en La Novia de América. Considerada una de las caras más populares en los anales de la televisión en los Estados Unidos, Tyler Moore -nacida en Brooklyn, Nueva York, en 1936- representó la quintaesencia de las virtudes de las jóvenes yanquis -aquellas a las que Escarlata O'Hara recriminaba que no hicieran la siesta al estilo de Georgia- durante más de veinte años desde sus diferentes programas de televisión, hasta que al iniciarse la década de los ochenta, y harta de ser la virtuosa encarnación de un anuncio de Pepsodent, cambió la pequeña pantalla por un jugoso papel en el cine que le reportaría una nominación al Oscar a la Mejor Interpretación Femenina en el sobrevalorado melodrama de un debutante director llamado Robert Redford, "Gente Corriente". Esta fue, de hecho, su venganza personal hacia el medio cinematográfico, el cual nunca le había ofrecido, anteriormente, papeles de envergadura a pesar de ser una de las personalidades de referencia del show business americano.
Así, Mary Tyler Moore desarrolló una discretísima carrera en la gran pantalla a partir de su debut en 1958 con el film "Once upon a horse", trabajando después al lado de Julie Andrews en "Millie, una chica moderna" (1967) y un año más tarde junto a Elvis Presley en uno de sus habituales musicales juveniles, "Change of Habit". Entre estas tres películas, muchas producciones mediocres para la gran pantalla y la cimentación de una impresionante popularidad en televisión, empezando como actriz invitada en diferentes episodios de conocidas series como "Thriller", "Hawaiian Eye", "Bronco" o "77 Sunset Strip", hasta que le llegó la gran oportunidad como la esposa de Dick Van Dyke en su "The Dick Van Dyke Show", uno de los programas-insignia de la CBS que se prolongaría desde 1961 hasta 1966 con 158 episodios y un especial emitidos. Creada por Carl Reiner, esta sitcom de 25 minutos de duración se rodaba en un estudio con público y presentaba las vicisitudes de un guionista de comedias para la televisión y de su esposa, un ama de casa y antigua bailarina, padres de un niño de seis años.
El show tuvo diferentes pretendientes antes de que Van Dyke se hiciera con él, siendo Johnny Carson el más conocido de los nombres que, en un principio, se barajaron en las largas sesiones de preproducción de la serie. Una vez adjudicado el papel protagonista de Robert Petrie, había que encontrar a la intérprete ideal de su media naranja, Laura Meeker. Más de sesenta actrices fueron entrevistadas para el papel, hasta que Tyler Moore fue contratada immediatamente después de una audición a la que estuvo a punto de no presentarse al tener otro compromiso profesional. La serie no tardó en auparse a lo más alto del ranking televisivo, eclipsando incluso a la exitosa comedia de Mickey Rooney, "Mickey", que se emitía en la cadena rival ABC, y llegando a conseguir el prestigioso premio Emmy para sus dos protagonistas, sumándose a los otros trece que la serie consiguió durante su período original de emisión.
En realidad, el show no era más que un catálogo de recursos cómicos del actor principal, caracterizado por su tendencia a componer exageradas expresiones faciales y por su facilidad para el gag visual. Van Dyke conseguiría en 1964 la más absoluta fama internacional por su papel del deshollinador Bert en la extraordinaria producción de Walt Disney "Mary Poppins", mientras que Tyler Moore se paseaba por los programas de Andy Williams o Danny Kaye como gran estrella invitada. Sin embargo, Carl Reiner y la CBS cancelaron el show en 1966, en su momento de mayor popularidad, argumentando que la producción llevaba ya demasiados años en antena y era mejor retirarse antes de la previsible decadencia que, tarde o temprano, acaba afectando incluso a los mayores éxitos televisivos.
Mary Tyler Moore reverdeció laureles tres años más tarde en otra producción televisiva de la CBS, "The Mary Tyler Moore Show", donde daba vida a Mary Richards, una joven single treintañera y emprendedora que trabaja como productora para una emisora de televisión en Minneapolis. Su personaje representó una novedad en la pequeña pantalla al personificar a la primera mujer soltera -no viuda ni divorciada- que tiene una carrera profesional propia y estable y que no busca el apoyo de un hombre para mantener su vida a flote. La actriz se vería acompañada por un elenco en el que destacan Gavin Mc Leod -más tarde, el capitán Stubbing de "The Love Boat"- Cloris Leachman, Valerie Harper, Betty White -después, la popular Rose Nyland de "Las Chicas de Oro"- y Ed Asner en su primer contacto con el papel de Lou Grant, personaje que protagonizaría su particular spin off con una serie de su mismo nombre que se emitiría de 1977 a 1982. En España, "The Mary Tyler Moore Show" gozó de una gran popularidad, siendo la actriz bautizada en tierras íberas, desde entonces, como "La Chica de la Tele".
La serie se mantuvo on air hasta 1977 , y después de la clausura de "The Mary Tyler Moore Show" la actriz inició una etapa de franco retroceso en su popularidad, patentizado en el fracaso de sus posteriores aventuras televisivas. En la temporada 1985-1986 volvió a la CBS con un refrito de sus anteriores éxitos, "Mary", pero ni siquiera el truco de apelar a la nostalgia del público logró hacer que el producto funcionara. Tyler Moore, desengañada y achacando el desastre a una mala producción y a una mediocre dirección, comenzó a abandonar su actividad como actriz, regresando solamente cuando se la requería como guest star en series como, por ejemplo, los programas de Ellen de Generes "Ellen " y "The Ellen Show", ya a caballo entre la década de los noventa y el cambio de siglo, o en 2004, cuando Tyler Moore apareció en "The Dick Van Dyke Show Revisited" junto al resto de protagonistas del recordado programa, de la producción del cual habían pasado ya cuarenta años.
En los últimos tiempos, la actriz se ha volcado en su labor como presidenta de la Fundación para la Investigación de la Diabetes Juvenil. Tyler Moore, diabética, estuvo a punto de perder la vista y una pierna como consecuencia de padecer esta dolencia, que se agravó a consecuencia de la trágica muerte de su hijo Richie, nacido de su matrimonio con Dick Meeker. Hoy en día, la actriz reside en su Nueva York natal junto a su actual marido, el doctor Robert Levine, en un apartamento en el Upper East Side de Manhattan, sin demasiado interés en mostrarse en público o en intentar mantener viva la llama de la popularidad recapitulando su vida en talk shows de madrugada.

viernes, 3 de abril de 2009

"Espacio 1999" o el último recuerdo de la niñez

"Space 1999" fue estrenada en su país de origen, Gran Bretaña, en 1974, y sólo un año más tarde, en 1975, llegó a las pantallas televisivas de una España que sospechaba que aquel sería, si Dios no lo remediaba, un año convulso en el que iban a trastocarse muchas cosas, algunas de ellas, para siempre. A mis tiernos once añitos mis preocupaciones, naturalmente, estaban bastante lejos de verse ocupadas en los cambios en el estado de salud de aquel señor del que veía todos los días una gran fotografía en tonalidades sepia sobre la pizarra del aula escolapia. Muy lejos de eso y de coger un libro para estudiar, mis intereses habían comenzado a posarse sobre las áridas rocas que rodeaban la Moon Base Alpha, fascinado por el desarrollo semanal de aquella serie de televisión que sería, tristemente, la última en la que mi alma de niño puso empeño en prolongar su magia más allá del aparato receptor antes de caer en una adolescencia larga, dura y estéril que me costaría sangre, sudor y lágrimas conseguir atravesar.
Armado con las tijeras de coser de mi abuela, rotuladores de colores, cartulinas blancas, pegamento Imedio y mi talento de Pitagorín nacido en una época y un lugar donde la palabra merchandising no tenía razón de ser, construí los pasillos, salas y hangares de la base lunar, en donde comenzaron a retozar, felices, los "Thunderbirds" de Comansi en la última de sus mutaciones, convertidos ahora en el capitán John Koenig, la doctora Helena Russell, el profesor Bergman o la imprescindible Maya. Tardes enteras pasé jugando con aquel ingenuo diorama casero, el cual los vecinos de la escalera -sabedores de mi innato y precoz ascendente sobre las artes plásticas- acudían en masa para admirar.
Sin embargo, el auténtico punto de inflexión en mi estrecha relación con los alphanos llegó con la maqueta para armar y pintar de la que me parecía la maravilla de las maravillas tecnológicas de la historia catódica, infinitamente mejor que el U.S.S. Enterprise del capitán Kirk y el FAB-1 de Lady Penélope juntos: el vehículo de transporte oficial de la serie, la magnífica Eagle Transporter (o "Aguila", en el doblaje castellano). No paré de pedir y suplicar, dando la tabarra a todos los adultos de casa, hasta que mi padre -posiblemente, sin poder soportarlo más- se dirigió a un tradicional comercio de maquetismo de la calle Pelayo de Barcelona y me compró el anhelado kit de montaje -naturalmente, carísimo y de importación- el cual recibí en mis temblorosas manos como quien recibe el maná procedente del cielo. Con mayor o menor fortuna, armé y pinté el vehículo de mis entretelas, el cual pasó a ocupar un lugar de honor en mi diorama aportándome un enorme prestigio entre mis coleguillas de juegos.
Toda esta lata sentimental y egocéntrica que os acabo de propinar con total impunidad es -aparte de la constatación de que me estoy haciendo viejo- un pequeño y personal homenaje a la que es, en mi opinión, la mejor serie de ciencia ficción de la televisión de los setenta, un híbrido de los planteamientos clásicos de la década anterior y de los nuevos parámetros en los que se situaría el género, a pocos años de que el "Alien" de Ridley Scott marcara un punto sin retorno desde la gran pantalla. La estética de "Space 1999", de pantalones de pata de elefante, decorados de reminiscencias discotequeras y vestuario plastificado en colores chillones, se amalgamaba a la perfección con la inflamada banda sonora de Barry Gray y Derek Wadsworth, en la que la lírica convivía con una trepidante base electrónica, encantadora e irremisiblemente pop. "Space 1999" nació de la prolífica factoría británica de Gerry y Sylvia Anderson, quienes gozaban de fama mundial gracias al éxito de sus anteriores series con marionetas animadas estrenadas en la década de 1960: "Thunderbirds", "Stingray", o "Captain Scarlett and the Mysterons", que habían hecho la fortuna del matrimonio Anderson revolucionando el concepto de televisión infantil con productos que enganchaban a públicos de todas las edades. Asimismo, los Anderson habían experimentado ya con producciones realizadas con acción real, como "UFO" o "The Secret Service" (esta última mezclando actores de carne y hueso con sus creaciones en Supermarionation).
Con todo este valioso background a sus espaldas, los Anderson decidieron embarcarse en la que iba a ser su producción más ambiciosa, en la que iban a poner a prueba su innato talento para convertir en oro todo lo que tocaban. Así, en 1974 le llegó, pues, el turno a esta aventura futurista que planteaba un curioso escenario en el cual -el 13 de septiembre de 1999- una explosión termonuclear en la superficie lunar lanzaba a nuestro satélite fuera de su órbita hacia un viaje sin retorno al espacio interestelar. Las 311 personas que forman el equipo humano de la Base Lunar Alpha se verán arrastradas a este periplo espacial en el que sabrán de la existencia de razas alienígenas -gran parte de ellas de aspecto humanoide- que encontrarán en su ruta fuera de todo control. La colección de seres extraterrestres aparecida en "Space 1999" se recuerda como un increíble compedio de las más curiosas criaturas nunca aparecidas en la televisión, algunas de ellas mostrando evidentes analogías con personajes que habían formado parte del cine de ciencia-ficción de los años cincuenta y sesenta en su apartado más bizarre.   La serie fue la más cara realizada hasta la época, con un formidable despliegue de especialistas en fx y costosísimos decorados, considerable esfuerzo económico que los Anderson pudieron llevar a cabo gracias a su asociación con Sir Lew Grade, conocido por sus producciones cinematográficas y televisivas en el Reino Unido, especialmente por las series "El Santo" y "Los Persuasores", dos de los mayores hits de la televisión británica en toda su historia. Tampoco se reparó en gastos al contratar a los dos principales protagonistas, el matrimonio de actores estadounidenses Martin Landau-Barbara Bain, cuyo caché se mantenía en lo más alto después de su participación, desde 1966 hasta 1973, en la exitosa serie "Misión: Imposible". Pese a la cerrada oposición de Sylvia Anderson, que apostaba por fichar solamente a actores británicos, Lew Grade acabó saliéndose con la suya en el que sería uno de los grandes aciertos de la producción, con unos Landau y Bain perfectamente ajustados a sus personajes del comandante de la Moon Base Alpha John Koenig y de la jefe-médico doctora Helena Russell. Otros intérpretes fueron los actores ingleses Barry Morse (profesor Victor Bergman) y Tony Anholt (el jefe de seguridad Tony Verdeschi), la actriz húngaro-alemana Catherine Schell (la alienígena Maya), y el atractivo actor australiano Nick Tate (jefe de pilotos Alan Carter).
Pese a que, en un principio, los guiones de los diferentes episodios de la serie seguían el mismo hilo argumental -nave espacial que viaja por el cosmos encontrando criaturas alienígenas con las que debe interactuar- que sus predecesoras "Star Trek" o "Perdidos en el espacio", la filosofía de "Space 1999" está más cerca de "2001, una odisea del espacio" que de las mencionadas series televisivas de los sesenta. Los temas desarrollados contendrán, sistemáticamente, elementos de la más pura metafísica y explorarán en aspectos místicos que lanzarán al aire preguntas que, aún hoy, cuarenta años después de la producción de la serie, siguen sin haber hallado respuesta. Por cierto, uno de los más acérrimos detractores de "Espacio 1999" fue el reputadísimo escritor de ciencia ficción y profesor de bioquímica Isaac Asimov, el cual criticó abiertamente la pátina de intelectualidad de la serie tildándola poco menos que de ridícula y pretenciosa, así como su inexistente rigor científico. Curiosamente, algunos años atrás, Asimov sí había dedicado inspiradas alabanzas a otro producto televisual de la más desbordada fantasía y que posiblemente iba mucho más allá en su
planteamiento, la ya mencionada "Star Trek".
La primera temporada de "Space 1999" funcionó con gran éxito a ambos lados del Atlántico. Los problemas aparecieron durante la producción de la segunda temporada, cuando el actor Barry Morse abandonó la serie por desacuerdos salariales y Landau achacó a la poca consistencia de los últimos guiones rodados la bajada en los ratings de audiencia experimentada en los Estados Unidos. Para tratar de dar un aire nuevo a la trama, entraron en escena los personajes interpretados por Catherine Schell y Tony Anholt, al mismo tiempo en que Nick Tate decidía regresar a su Australia natal. Como consecuencia de todos estos cambios, y pese a que los nuevos fichajes consiguieron hacerse con su parcela de popularidad, la serie se mantuvo con resultados irregulares y, finalmente, se decidió no abordar la producción de una tercera entrega de episodios. Lew Grade barajó la posibilidad de realizar un spin off con el sugestivo personaje de la extraterrestre Maya, pero finalmente el proyecto no llegó a materializarse.
Así, la serie durmió en las estanterías de los archivos audiovisuales hasta su edición en DVD en 2003 -en España, lanzada por JRB en dos temporadas- que ha renovado la popularidad de "Espacio 1999" permitiendo que sea conocida por el público más joven y adquiriendo adeptos que la consideran ya todo un clásico de la historia de la televisión, comparable a las más grandes e intocables instituciones de la ciencia ficción en la pequeña pantalla. Y el que esto escribe, por supuesto, está completamente de acuerdo.

viernes, 20 de marzo de 2009

La extravagante Phyllis Diller

Se abre el telón y aparece dando convulsivas zancadas un ama de casa con el cabello salvajemente crepado, maquillada como una drag-queen y vistiendo desconjuntadas piezas de ropa con todos los colores del espectro cromático (y puede que, incluso, alguno más). De repente, se saca de la manga una larga boquilla con un cigarrillo -que nunca llegará a encender- para después abrir una enorme bocaza pintarrajeada y comenzar a maldecir como una posesa mientras rebusca sabe-Dios-qué dentro de los armarios y cajones de una cocina que parece no haberse limpiado desde la guerra de Secesión... ¿quién es? no cabe duda: es Phyllis Diller, una de las más idolatradas comediennes de la televisión americana durante más de treinta años y maestra de generaciones de humoristas que han aprendido de su capacidad para meterse en el bolsillo a públicos de todas las edades con su hilarante personificación de la más absurda y surrealista de cuantas féminas personificaron el sueño americano.
Si bien su paso por la pantalla grande dejó una relativa impronta en las enciclopedias de cine, no puede decirse lo mismo de su carrera televisiva, uno de los más brillantes ejemplos de comunión absoluta con un público rendido a su histriónica vis cómica a pesar de las equívocas y explosivas situaciones que era capaz de provocar, como en la memorable ocasión en que le dijo a Dean Martin, en su propio show, que era "sucio como una película italiana". Este humor grueso no logró, sin embargo, amedrentar a la audiencia, que aplaudía rabiosamente las ocurrencias de una mujer que, a duras penas, conseguía ocultar un talento excepcional y una simpatía arrolladora bajo la máscara de clown absurdo y extralimitado que lucía en sus apariciones ante las cámaras. Amante de los abrigos de piel -que era capaz de lucir sobre cualquier cosa- y de las más estrambóticas gafas de sol, Phyllis Diller se avanzó en unos cuantos años a la estética sixties que impusieron Mary Quant, Twiggy y los Beatles, anticipando con su universo pop modas y tendencias que llegarían mucho después y a las que pareció mirar con cierto desprecio mientras seguía, incombustible, combinando chalecos de paillettes con faldas de tweed.
Phyllis Ada Driver nació en Lima, Ohio, en 1917, algo temprano para alguien que comenzaría su carrera en el show-businness en la década de los cincuenta. Fue una niña aplicada, con una especial predisposición para el piano, instrumento que estudió durante su adolescencia, aunque más tarde decidió aparcar la idea de iniciar una carrera profesional como concertista al darse cuenta de que nunca conseguiría tocar mejor que sus profesores. Con más de treinta años apareció en "The Jack Parr Show" y fue una de las concursantes del programa televisivo de Groucho Marx "You bet your life". Por entonces, estaba casada con su primer marido, Sherwood A. Diller, de quien tomaría su apellido. Divorciada de Diller en 1965, su carrera conocería el despegue hacia la fama al trabajar junto a Bob Hope en veintitrés episodios de su programa de televisión y en tres comedias para la gran pantalla: "Eight on the lam", "The private navy of Sgt. O'Farrell" y, especialmente, "Boy, did I get a wrong number!". Como muestra de esta creciente celebridad, Hope se la llevó a Vietnam para actuar ante los soldados estadounidenses destinados en el agotador conflicto bélico que se hallaba, en aquel año de 1966, en su momento álgido. En los sesenta, Phyllis Diller tomaría parte, además, en una docena de producciones de serie B después de su debut con un pequeño papel en la popular "Esplendor en la hierba" del realizador Elia Kazan.
Entre los años 1966-1968 protagonizó dos shows televisivos que llevarían su nombre: "The Phyllis Diller Show" (sitcom de media hora que se llamaría, inicialmente, "The Pruitts of Southampton") para la ABC y, más tarde, "The Beautiful Phyllis Diller Show" para la cadena rival NBC, programas con los que acabaría de cimentar su inclasificable imagen ante el público. Una de sus extravagancias en aquella época, por cierto, fue el posar semidesnuda para la revista Playboy, unas fotografías que jamás llegaron a publicarse. Por entonces, Diller se había casado y divorciado ya dos veces (su segundo marido resultó ser homosexual), había enterrado a uno de sus seis hijos (un bebé prematuro que vivió solamente dos semanas en la incubadora), y había comenzado una nueva relación con un hombre con el que jamás se casó y con el que se mantuvo unida hasta la muerte de éste en 1985. Un intenso currículum, en efecto, que Diller desvelaría al detalle en su aubiografía, publicada en 2005.
Phyllis Diller trabajaría con asiduidad prestando su voz a populares personajes de los dibujos animados a partir de los años setenta, coincidiendo con su decadencia como gran estrella de la televisión, actividad que seguirá realizando en los años noventa para los estudios Disney-Pixar, que la requerirán para dar voz a los personajes digitalizados de diferentes producciones. La última noticia que se conoció de Phyllis Diller fue en julio de 2007, cuando se fracturó la espalda poco antes de aparecer en "The Tonight Show" con motivo de su noventa cumpleaños, programa que tuvo que ser cancelado. A sus actuales noventa y dos primaveras, Phyllis Diller se encuentra ya retirada de toda actividad, aunque sigue apareciendo en algunos eventos y homenajes que se le tributan, especialmente por parte de la comunidad gay de los Estados Unidos, colectivo que la adora por la constante defensa de sus derechos civiles que ha ejercido la actriz, incluso en tiempos en que no era tan sencillo, en Hollywood, adoptar tal postura. Phyllis Diller, luchadora incansable en su vida privada, será también recordada por su particular enfoque de la existencia, con pensamientos como "mi receta para luchar contra la rabia y la frustración: poner el temporizador de la cocina durante veinte minutos, chillar, llorar y derrumbarse hasta lo más hondo y, cuando suene el timbre, seguir immediatamente con tus ocupaciones cotidianas".

domingo, 21 de diciembre de 2008

"Daktari", veterinaria serializada

La Metro-Goldwyn-Mayer siempre se había destacado por ofrecer grandiosos y coloristas espectáculos en los que la naturaleza cobraba un importantísimo protagonismo. Desde los seriales para la gran pantalla con el personaje de Tarzán, hasta las inolvidables "Mogambo" y "Las Minas del Rey Salomón" o, más tarde, la crepuscular "Hatari!", los famosos estudios de Hollywood habían apostado y ganado siempre al realizar estas producciones ambientadas en el continente africano, lugar de enormes resonancias aventureras y tierra de excitantes peligros y misterios. No es, pues, de extrañar que la proposición del productor Ivan Tors fuera vista por la MGM como un saludable negocio y un reto a la altura de sus posibilidades: rodar una serie que relatara los pormenores de la vida de un grupo de veterinarios trabajando en plena sabana, con muchos animales salvajes, escenas en exteriores y convenientemente aderezado con buenas dosis de emocionante suspense.
La producción de "Daktari" comenzó en 1965, con la localización de un lugar no por casualidad llamado Africa a 100 kilómetros de Los Angeles, y en donde las condiciones climatológicas, botánicas y orográficas hacían posible la reconstrucción de buena parte de la sabana africana a un tiro de piedra de los estudios de la Metro. En el amplísimo perímetro de rodaje se movían libremente más de quinientos animales salvajes, que iban a ser, en el fondo, los verdaderos protagonistas de la serie por encima de los seres humanos. Para las escenas que iban a necesitar de auténticas perspectivas africanas, una unidad de rodaje se desplazó al Parque Nacional de Gorongosa, en Mozambique, mientras que los interiores de la residencia de los Tracy y de la enfermería de animales del campamento se rodaron en los platós de la Ivan Tors Studios en Florida.
El actor Marshall Thompson, una cara popular en las comedias juveniles que produjo la MGM en la década de los cuarenta y en multitud de películas de serie B, consiguió la fama mundial gracias a la oferta que recibió para interpretar al Doctor Marsh Tracy, un veterinario apodado Daktari ("médico") por los miembros de las tribus nativas. Tracy -viudo- vive solamente para dos cosas: la salvaguarda y la protección de las especies animales de la región de los Grandes Lagos (una immensa zona entre Kenya, Zaire y Tanganika), y su hija Paula (Cheryl Miller), una adolescente que admira profundamente la labor que realiza su padre y que desea seguir sus pasos. Otros personajes del campamento Wameru son Jack (Yale Summers), ayudante y hombre de confianza del Doctor Tracy, y Mike (Hari Rhodes), hombre familiarizado con la vida en la sabana por su nacimiento y uno de los motores de la organización de los Tracy. Finalmente, merece destacarse al actor Hedley Mattingly como el comisionado del gobierno, fiel, recto e incorruptible funcionario que es el nexo de unión entre los estamentos oficiales y el grupo de científicos.
Compartiendo la cabecera de los títulos de crédito con sus compañeros humanos se encuentran las dos indiscutibles estrellas de la serie: Judy, una chimpancé listísima -digna heredera de la mítica Cheetah- que incluso ayuda a Tracy en la enfermería, y Clarence, un león manso como un cordero y que tiene como particularidad un exacerbado estrabismo, una curiosa caracerística que, aunque pueda parecer exagerado, se convirtió en una de las señas de identidad de la serie. De hecho, la MGM apostó desde un principio por Clarence como uno de sus platos fuertes, rodando un largometraje previo a la producción de la serie y al que llamó sencillamente "Clarence, the cross-eyed lion" ("Clarence, el león estrábico"). Estos dos animales fueron enormemente populares durante el período de emisión de la serie, hasta el punto que Judy fue galardonada con el Emmy a la mejor actuación en televisión de 1966 por la Academia de las Artes y las Ciencias de Hollywood, trofeo que recogió personalmente de manos de la mismísima Lucille Ball, dejando anodadada no solamente a la brillante estrella de la televisión americana sino a toda la crème de la industria del espectáculo allí congregada.
El productor Ivan Tors cosechó un grandioso éxito con la producción de "Daktari", que fue vendida a infinidad de países en todo el mundo, siendo asimismo el creador de otra triunfadora serie para consumo familiar que narraba las aventuras de un delfín muy especial, "Flipper". Tal como ocurriría también con "Flipper" (de la que llegaron a rodarse dos largometrajes) "Daktari" tuvo su ya mencionada versión cinematográfica anterior a la serialización para la pequeña pantalla. Dirigida en 1965 por el especialista de la Metro en asuntos africanos Andrew Marton, quien había dirigido en 1952 la popularísima "Las Minas del Rey Salomón",  incorporaba a los mismos intérpretes que, más tarde, protagonizarían la serie de televisión, y contaba además con la presencia de Richard Haydn y Betsy Drake.

domingo, 7 de diciembre de 2008

Alice Ghostley, la cómica impasible

Pequeña, morena, de inescrutables ojos oscuros y manteniendo, en todo instante, una helada sonrisa, Alice Ghostley fue el colmo de la más tradicional flema británica encarnada en una norteamericana de Montana. Su desolado aire de outsider de vuelta de todo junto a su innata capacidad para estirar hasta el absurdo personajes frecuentemente imposibles la hicieron ideal como comedy relief en multitud de producciones, tanto en cine como en teatro o televisión. Ghostley fue uno de los más queridos iconos de la pequeña pantalla durante los años sesenta y setenta, llegando al techo de su popularidad cuando aceptó el papel de Esmeralda, la bruja asistente del hogar y niñera de la pequeña Tabitha en "Embrujada", papel que se mantuvo en la serie desde 1969 hasta 1972 con frecuentes apariciones en episodios que, generalmente, basaban su eficacia cómica en la magnífica creación que de su personaje realizó Ghostley.Esmeralda, tan tímida que desaparece (literalmente) cada vez que una situación la supera y que invoca, sin desearlo, sus poderes de bruja cada vez que estornuda, es una hechicera cuarentona que ha acabado soltera después de perder siglos (también, literalmente) a la caza y captura del chef del Club de los Brujos, el latin lover Ramon Verona, resultando la víctima de sus frecuentes desprecios. Esmeralda, voluntariosa como ninguna, intenta ser la más eficiente de las mucamas, pero no llega a conseguirlo nunca dado su irremediable destino de acabar metiendo la pata. Sin embargo, su dulzura y disponibilidad infinitas la hacen especialmente querida por los Stephens, a pesar de que el bueno de Darrin experimenta frecuentes accesos de irritabilidad ante los desaguisados de su empleada.
Su participación en "Bewitched", sin embargo, no fue más que la culminación de una brillante carrera que comenzó en Broadway en 1952 con su aparición sobre el escenario en la revista "Leonard Stillman's New Faces of 1952", en la que cantó la que se convertiría en su canción característica, "The Boston Beguine". Ghostley, poseedora de una excelente voz, pronto se convirtió en una fuerte baza para el teatro neoyorquino, siendo nominada al premio Tony en 1962 por su papel en "The Beauty Part", y consiguiéndolo en 1965 por "The sign in Sidney Brustein's window". Triunfos absolutos, pues, para una niña que siempre quiso ser actriz y que había nacido en Eve, Montana, en 1926, donde su padre era telegrafista. La familia se trasladó más tarde a Henryetta, en Oklahoma, donde la vena artística de la pequeña Alice se hizo evidente -con tan solo cinco años- en las mesas de la Legion Hut sobre las que, a cambio de un níquel, cantaba, bailaba y recitaba poesías. Terminados sus estudios se mudó a Nueva York con su hermana, trabajando en diferentes cabarets y locales nocturnos como cantante y cómica antes de convertirse en una popular figura del espectáculo de Broadway a partir de su aparición en el mencionado New Faces. En 1957 fue una de las malvadas hermanastras de una Julie Andrews pre-Mary Poppins en "Cinderella", mítico programa para la televisión que adaptó el musical de Rodgers y Hammerstein y en el que también tenían apariciones estelares Kaye Ballard, Ilka Chase y Edie Adams. A partir de este gran éxito, Ghostley comenzará a trabajar intensamente para la pequeña pantalla, apareciendo en innumerables programas y series a los que aportaba grandes dosis de humor sui generis cubierto por una pátina de resignación y desapego que la hacían ideal en papeles de ama de casa o, sobre todo, de empleada del hogar desengañada de la vida. Esta entrega absoluta al medio televisivo pudo, tal vez, propiciar que su carrera no despegara en la gran pantalla siendo -pese que trabajó en muchas producciones a partir de 1960- su paso por el cine apenas recordado, destacando tan solo sus personajes en "To Kill a Mockingbird" (1962, junto a un oscarizado Gregory Peck), "El Graduado" (1967) y "Grease" (1978).Alice Ghostley apareció por última vez en Broadway en el musical "Annie" (1978-1993), en el papel de la siniestra Miss Hannigan, la directora del orfelinato para niñas en el que transcurre buena parte de la acción del edulcorado y exitoso espectáculo de Strouse, Charnin y Meehan, obteniendo asimismo una nominación al Emmy en 1992 por su papel en "Mi desconfiada esposa", serie de televisión en la que trabajó de 1987 a 1993. La televisión siguió siendo su refugio profesional durante la década de los noventa, alternándola con apariciones sobre los escenarios en musicales como "Take me along", "Bye Bye, Birdie" o "Nunsense". No tuvo hijos de su matrimonio de más de cincuenta años con el actor cómico italiano Felice Orlando, fallecido en 2003. Un año antes, la carrera de Ghostley se vería interrumpida al serle detectado un cáncer de colon, que acabaría con su vida el 21 de septiembre de 2007 a la edad de 81 años.