miércoles, 17 de junio de 2009

Wendy Hiller, la Gran Dama del teatro británico

El triunfo de Wendy Hiller en el cine y el teatro británicos durante las décadas de 1930 y 1940 no fue, en absoluto, gratuito. Unida a sus excepcionales dotes de actriz -que dio muestras continuadas a lo largo de su vida profesional de saber manejarse con la misma destreza tanto en el drama como en la comedia- iba su poco convencional belleza patentizada en un rostro de planos angulosos, pómulos sobresalientes, ojos de mirada penetrante y boca de finos labios y rictus desafiante. Wendy Hiller fue, principalmente, una actriz de teatro de larga y completa carrera que, al parecer, nunca sintió demasiado interés por verse en los títulos de crédito de la gran pantalla, aunque entre los veintiún films en los que participó en un período de sesenta años se encuentran títulos de inolvidable recuerdo que forman parte de un subgénero no tipificado que fusiona, generalmente con extraordinario acierto, las disciplinas artísticas del cine y el teatro.
Nacida en Inglaterra en 1912, Hiller comenzó su andadura escénica a principios de los años treinta, saboreando su primer éxito en 1934 con una gira por el país con la obra "Love in the dole" que la llevó al West End londinense donde, en 1937, se casó con el autor, el dramaturgo Ronald Gow -quince años mayor que ella -con el que se mantendría unida hasta la muerte de este en 1993 y con el que tendría a sus dos hijos. Wendy Hiller, a diferencia de la mayoría de las figuras de la escena de su generación, representó pocos personajes shakespearianos, mostrándose más cercana a las obras de autores modernos como Thomas Hardy, Henry James o George Bernard Shaw.
Fue este último, precisamente, quien la eligió para protagonizar varias de sus más conocidas obras, destacando entre todas ellas "Pygmalion", que resultó para la intérprete un enorme éxito personal y que la llevó a ser, asimismo, la Eliza Doolittle de la primera versión filmada que se realizaría de tan popular texto y que dirigiría Anthony Asquith. La película -en la que Leslie Howard, un año antes de rodar "Lo que el viento se llevó", interpretó al profesor Henry Higgins- obtuvo para Hiller la primera nominación al Oscar de la Academia de Hollywood para una intérprete británica. "Major Barbara" (1941), otra obra de Bernard Shaw, fue su siguiente éxito en la gran pantalla junto a Rex Harrison y Robert Morley. Mientras tanto, su carrera teatral iba viento en popa, siendo una de las actrices preferidas por las plateas londinenses y neoyorquinas. Fue en 1947 y en Broadway, precisamente, donde Wendy Hiller estrenó en los escenarios mundiales el papel de Catherine Slope en "La Heredera", basada en la novela de Henry James "Washington Square", personaje que representaría en el West End a su regreso a su país natal en 1950.
Su más que reafirmada pasión por los escenarios teatrales le hizo rechazar, sistemáticamente, las muchas ofertas que recibió desde Hollywood a partir de entonces, aceptando solamente los papeles que consideraba interesantes para su carrera y siempre que no interfirieran en su actividad sobre el escenario, mientras que iba realizando en el teatro interpretaciones memorables, como su personificación de Portia en el "Julio César" de William Shakespeare con el Old Vic Theatre o su trabajo en "A Moon for the Misbegotten", adaptación de la obra de Eugene O'Neill que supuso para Wendy Hiller una nominación a los Premios Tony como Mejor Actriz Dramática de 1957. Sin embargo, en 1959, el cine le ofrecería uno de los mayores triunfos de su vida artística al ganar el Oscar a la Mejor Actriz de Reparto por su interpretación en "Mesas Separadas", del realizador Delbert Mann, una visita al universo intimista y desencantado del dramaturgo Terence Rattigan en la que formaba parte de un reparto coral conformado por grandes figuras como Rita Hayworth, Burt Lancaster, David Niven, Deborah Kerr y Gladys Cooper, los cuales ofrecen en esta inspirada producción algunos de los mejores registros de su carrera profesional.  Su personaje, la gerente de un apartado hotel en una ciudad costera al sur de Inglaterra que ve como el amor se escapa de su vida al mismo tiempo que su juventud y sus ilusiones, fue interpretado por Wendy Hiller con estremecedora contención en un papel en el que hubiera sido fácil dejarse llevar por el más recurrente patetismo, convirtiéndose así en una más de las tristes figuras que pasan, aisladas y solitarias, una existencia casi póstuma aferradas a sus miedos y a sus más ocultos secretos en el melancólico Hotel Beauregard. Hiller, altiva y, al mismo tiempo, tremendamente humana, se muestra en su papel de Pat Cooper como el firme puntal que sostiene al inestable personaje de su amante, interpretado por un espléndido Burt Lancaster, ya muy lejos del que había sido su registro habitual.En 1966 una nueva nominación al Oscar llegaría por su particpación en "Un hombre para la eternidad", la biografía de Thomas Moore que Fred Zinnemann dirigió con Paul Scofield en el personaje principal. En la década de los sesenta, Hiller acumularía nominaciones a algunos de los més prestigiosos premios cinematográficos internacionales, como la del BAFTA de 1960 por "Sons and Lovers" o la del Golden Globe Award de 1963 por "Toys in the Attic". A pesar de todo ello, Wendy Hiller seguía dedicando sus esfuerzos a su carrera teatral en un período -ya de absoluta madurez- que la hizo interesarse especialmente por la obra del dramaturgo Henryk Ibsen, poniendo en escena piezas clave del autor noruego como "Al despertar de nuestra muerte", "Peer Gynt" o "Espectros".
En 1974, Hiller fue la princesa rusa Dragomiroff, atrapada, junto a un numeroso grupo de curiosos personajes, en el mítico ferrocarril en la adaptación de la archifamosa obra de Agatha Christie "Asesinato en el Orient Express", espléndida recreación de Sidney Lumet plagada de estrellas entre las que destacaron Ingrid Bergman, Sean Connery, Albert Finney y Lauren Bacall. La interpretación de Hiller como la encorsetada y antipática aristócrata la hizo ganarse, una vez más, el reconocimiento de la crítica internacional y obtener el Evening Standard British Film Award a la Mejor Actriz en un difícil personaje que tenía que pronunciar frases como "No puedo reírme, mi médico me lo tiene absolutamente prohibido", mientras mostraba una desconcertante y hierática actitud. Fue en este mismo período de su vida cuando la reina Elizabeth II de Inglaterra la destacó con la Excelentísima Orden del Imperio Británico, siendo ascendida poco después a Dame Commander y pasando a ser, desde entonces, nombrada como Dame Wendy Hiller.
Su personaje en "Asesinato en el Orient Express", junto con los interpretados en "Voyage of the Damned (1976) y "El Hombre Elefante" (1980), puede considerarse el brillante colofón de la carrera cinematográfica de Wendy Hiller, quien tuvo que abandonar toda actividad profesional en 1992 a consecuencia de su delicado estado de salud. Los diez últimos años de su vida los pasó en su retiro en Beaconsfield, donde murió en 2003 a los 90 años de edad.

sábado, 6 de junio de 2009

"El Planeta de los Simios"... catódicos

De la época dorada de la televisión de mi infancia recuerdo con especial nostalgia la franja horaria que transcurría, felizmente, antes del Telediario de la noche. Televisión Española dedicó, durante muchos años, ese lapso de tiempo a emitir series para el consumo de toda la familia y, aunque hoy en día cueste creerlo, ese espacio era un momento de máxima audiencia diaria. Así, productos como "Los Walton", "Con ocho basta" o "Grizzly Addams" gozaron de gran predicamento entre el público de los setenta en esas horas vespertinas (los highlights seriados se reservaban para el fin de semana: "Charlie's Angels" para la tarde del sábado y "La Casa de la Pradera" para la sobremesa del domingo). De entre esa programación de los weekdays dejó en mí una importante huella una serie basada en el que había sido, en 1968, uno de los mayores éxitos cinematográficos del nuevo cine de ciencia ficción que se asomó a las pantallas a finales de la década de los sesenta, "El Planeta de los Simios".
La serie homónima producida en 1974 por Herbert Hirschman y Stan Hough para la CBS fue, para mi generación, el descubrimiento del universo POTA (para los no iniciados, siglas que utilizan los fans americanos para referirse a todo el tinglado de secuelas y series organizado por la saga de "El Planeta de los Simios" en los últimos cuarenta años) cuando muchos de nosotros aun no habíamos tenido la oportunidad de ver la película original protagonizada por Charlton Heston en su estreno en las salas de exhibición cinematográfica, entre otras consideraciones porque el censor de turno le puso una calificación que impedía a los menores poder verla, no se sabe a ciencia cierta si por el exhibicionismo de su protagonista -siempre presente, pero llevado aquí extremos casi indecentes- o por su carga de profundidad religiosa, política y moral. La censura eclesiástica de los últimos estertores del régimen franquista -que aún no había acertado a comprender las teorías de Darwin- debió echarse las manos a la cabeza al visionar un mundo gobernado por especies inferiores no evangelizadas, temática no apta para infantes recientemente catequizados como era mi caso, entonces un tierno infante que aprendía a sangre y fuego las virtudes cristianas junto a los padres escolapios.

La serie estaba protagonizada en sus papeles principales por Roddy McDowall, quien ya llevaba a sus espaldas las cinco películas realizadas para la pantalla grande sobre la saga simiesca interpretando, en las tres primeras entregas, al científico Cornelius y, en las dos últimas, a su hijo, el rebelde César, y por los actores televisivos Ron Harper y James Naughton como los astronautas cuya nave espacial viaja mil años adelante en el tiempo para regresar a un planeta Tierra dominado por simios inteligentes que han reducido a los humanos a simples esclavos. Para mi anecdotario sentimental, debo mencionar la profunda impresión que causó en mis tiernos diez u once añitos el físico del señor Naughton, caballero de notables atribuciones viriles que despertaría en mí una precoz desazón. Recuerdo que colgué en mi habitación, junto a los últimos iconos de una infancia a punto de desaparecer, un póster representando a Naughton como el astronauta Burke y que extraje de las páginas centrales de alguna revista, hecho que motivó cierto desasosiego en el núcleo familiar y abrió un debate recurrente que hallaría confirmación pocos años después.
Roddy McDowall se implicó en la producción de la serie televisiva basada en las películas basadas, a su vez, en la novela original del autor francés Pierre Boulle por su íntima relación con todo el proyecto de "Planet of the Apes" desde los tiempos de la preproducción de la primera cinta para la pantalla grande dirigida por Franklyn J. Schaeffner y producida por Arthur P. Jacobs. McDowall llegó a identificarse completamente con el espíritu POTA y con sus personajes de Cornelius y César, a los que llevaba interpretando desde hacía más de cinco años. El papel que le fue ofrecido en la serie televisiva, el intelectual chimpancé Galen, no era más que una revisitación de Cornelius-César en la que el actor pudo recuperar las habilidades interpretativas desarrolladas en las películas para la 20th Century-Fox, consiguiendo -con el ejercicio de la sobreactuación- dotar de credibilidad y de expresión facial a lo que no era más que una elaborada máscara de gomaespuma. McDowall, londinense afincado en Hollywood desde que no era más que un actor infantil que trabajó en "¡Qué verde era mi valle!", y en "Lassie Come Home" junto a una niña de once años llamada Elizabeth Taylor, fue uno de los intérpretes de reparto más populares del cine americano. Entre sus trabajos más recordados merecen ser destacados el Malcom de la versión firmada por Orson Welles en 1948 de "Macbeth", su encarnación de Octavio en la gigantesca "Cleopatra" (1963) de J. L. Mankiewicz, y del camarero Acres en "La aventura del Poseidón" (1972). Así mismo, McDowall desarrolló una importante carrera en la televisión a partir de 1960 que le llevó a participar en episodios de series como "The Twilight Zone", "The Alfred Hitchcock Hour" o "The Invaders", por citar algunos ejemplos de una extensísima lista. McDowall llegó a dirigir un proyecto personal para la pantalla grande en 1969, "La Viuda del Diablo" (también conocida como "Tam-Lin" o "The Ballad of Tam"), sugerente historia basada en una leyenda popular irlandesa en la que ofreció el protagonismo absoluto a su buena amiga de los años del Hollywood clásico Ava Gardner. El film resultó un fracaso comercial que espera, todavía, su recuperación como uno de los experimentos oníricos más sorprendentes de la psicodelia de los años sesenta.
El rodaje de la serie de televisión "Planet of the Apes" comenzó en 1974 en las mismas localizaciones donde se rodaron las películas originales para la pantalla grande, una zona actualmente conocida como Malibu Creek State Park que, antiguamente, formaba parte de los terrenos propiedad de la 20th Century-Fox. Se utilizaron los mismos decorados de la ciudad de los simios que fueron construidos en 1968, y también los moldes originales para volver a crear las máscaras que permitían convertir a los actores en chimpancés, gorilas y orangutanes diseñadas por el maestro protésico John Chambers. El guión reseguía la línea argumental de la primera película con Charlton Heston, mostrando a dos astronautas, Naughton-Burke y Harper-Virdon, intentando sobrevivir a la nueva situación de la Tierra en el año 3085 con la ayuda del renegado chimpancé Galen y en constante peligro ante la hostilidad demostrada hacia ellos por el jefe militar gorila, el general Urko (Mark Lenard), azuzado por el orangután Zaius (Booth Colman), cabeza visible del sistema político-social de los simios y que desea la destrucción de toda evidencia de superioridad humana.
La serie contó, finalmente, tan solo con catorce episodios rodados, de los cuales se emitieron solamente trece en una temporada que abarcó de septiembre a diciembre de 1974 en su emisión original en los Estados Unidos a través de la CBS. La razón de tan corta existencia hay que buscarla en la dura competencia a la que debió enfrentarse "Planet of the Apes", en lucha con series de gran éxito que provocaron un evidente descenso en los índices de audiencia. A pesar de ello, el tema de los simios no tardó demasiado en ser retomado ya que, al año siguiente, Depatie-Freleng Enterprises (productora de los cartoons de "La Pantera Rosa") estrenó en la NBC una serie de dibujos animados, "Return to the Planet of the Apes", de la que se produjeron 13 episodios de 30 minutos de duración cada uno de ellos.

domingo, 31 de mayo de 2009

Amparo Soler Leal o el amor por el cine

Amparo Soler Leal es una de las actrices más populares del cine hecho en España. Y tal vez lo sea porque su nombre está entre los trabajos más recordados de directores como Luís García Berlanga, Jaime Chávarri, José María Forqué, Fernando Fernán Gómez o Pedro Almodóvar. Puede que también lo sea porque ha sido siempre una entregada impulsora de nuevos caminos y lenguajes para el cine español, en unos años en los que no era ni siquiera fácil el intentarlo, tarea que se implementó junto a su marido, el prolífico y prestigioso productor Alfredo Matas. Aunque, para el gran público, el mayor mérito de esta gran actriz ha sido su capacidad para sacar a flote cualquier personaje, por curioso, difícil o incluso peliagudo que haya podido llegar a ser, haciendo gala de una particular mezcla de talento y pericia, a partes iguales, y de una naturalidad pasmosa a la hora de enfrentarse a un papel.
En abril de 2006 visité a Amparo en su casa de Barcelona, un precioso ático en la parte alta con una magnífica vista sobre la ciudad, para realizar una entrevista y una sesión de fotos. La misma Amparo me abrió la puerta, acompañada de su perrita, "Ceporra", animal de curioso santo para su exclusivo pedigrí. Pasamos a una estancia emmoquetada en la que destacaban estampadas alfombras, prácticamente unas encima de las otras, y sobre las que reposaban mullidos divanes: "Esto fue cosa de Alfredo, que era muy afrancesado -me dijo- y, como buen catalán, le encantaba la comodidad". Alfredo Matas falleció en 1996, dejando a su viuda al frente de su productora, Jet Films S.A., y de la fundación que lleva su nombre, dedicada a ayudar a jóvenes creadores en cualquier campo referente a la cinematografía. Amparo, en cuanto nos sentamos, encendió un cigarrillo. No sería remarcable sino fuera porque, casi al instante de apagar este, encendió otro: "Fumo desde los catorce años, y ya no estoy para dejarlo. Ni toso, ni me quedo afónica". Entre risas, me dijo que debe estar ya cubierta de nicotina: "Tengo una edad que vivo para mañana mismo, y las cosas que me gustan no pretendo dejarlas ¿Para qué? me quedan unos pocos años, con suerte, y eso no me amarga para nada. Tiene que llegar, un día u otro". Toda una filosofía de la vida de la que Amparo me ofreció buenas muestras a lo largo de la tarde que compartimos.
Amparo Soler Leal nació en Madrid en 1933. Sus padres fueron Milagros Leal, una de las grandes cómicas características de la escena y el cine españoles, y Salvador Soler Mari, actor de gran popularidad en los años treinta por haber sido el galán de Imperio Argentina en la exitosa "La Hermana San Sulpicio", entre otros recordados papeles. Sus progenitores, buenos conocedores de las miserias que conlleva la dedicación a los escenarios, no querían que su hija fuera actriz: "A mi madre, que era muy religiosa, le dio por llevarme a colegios de monjas, y me insistía en que estudiara una carrera. Creo que esa determinación suya fue la que más influyó en mi decisión de ser actriz, porque ya sabes que, cuando uno es joven, lo que más nos gusta es llevar la contraria". Así, Amparo debutó en el Teatro de la Comedia de Madrid, en temporada de verano, en la compañía de sus padres, donde poco después fue "descubierta" por Luís Escobar, director de la compañía titular del Teatro María Guerrero: "Con Luís en el María Guerrero hice mi meritoriaje ¡Quién nos iba a decir que, muchos años después, interpretaríamos juntos tres películas!". Fue en ese mismo momento cuando Amparo debuta en el cine -gracias a la influencia de su madre- con un pequeño papel en "Puebla de las Mujeres", protagonizada por Rubén Rojo y Marujita Díaz. El papel, apenas existente, no le permitió destacar como ella hubiese deseado, situación que se repitió en su segunda incursión fílmica, "Así es Madrid". Después de estas decepciones, Amparo se vuelca en el teatro, formando compañía en el Windsor de Barcelona con Adolfo Marsillach, con quien se casa en 1954 y con quien no conseguirá tener una relación estable y equilibrada, acabando por separarse en 1959. Ya por entonces, Amparo vive con la que será su pareja definitiva, el productor Alfredo Matas, con quien no podrá casarse hasta diecinueve años después cuando ambos obtienen sus respectivos divorcios.La pareja Matas-Soler Leal conoce a Luís García Berlanga y inician una fructífera relación profesional que dará algunas de las mejores películas de toda la historia del cine de este país. La primera de ellas, "Plácido" (1961), inauguró la recientemente creada productora de Alfredo y Amparo, la ya mencionada Jet Films: "La película significó poder trabajar de la manera en que más nos gustaba hacerlo, escogiendo el guión y los actores, todo bajo la dirección de Luís García Berlanga, que nos parecía un talento excepcional".Al año siguiente, Pedro Masó le ofreció el papel de la esforzada madre de "La Gran Familia", uno de los títulos míticos del cine español en el que compartía la cabecera de cartel con Alberto Closas, José Luís López Vázquez y Pepe Isbert: "No me gustó hacerla, porque aunque al principio me pareció un buen guión, luego vi que el personaje requería una actriz bastante mayor que yo. Y, al ofrecerme repetir personaje en la segunda parte, me negué, porque, en la película, iba a ser abuela. Yo tenía solamente treinta años, aunque aparentaba más gracias al vestuario, el maquillaje y el peinado, pero aquello ya me pareció demasiado". El disgusto de Masó ante la negativa de Soler Leal motivó un enfado que duró, según cuenta Amparo, más de una década: "Tuvo que matarme, matar mi personaje, porque no se atrevió a buscarme una sustituta".
Después de su participación en la excelente "Amador", de Francisco Regueiro y junto a Maurice Ronet, Amparo Soler Leal protagonizó una de las más deliciosas comedias cinematográficas de la década de los sesenta, "Las que tienen que servir", recreación de la exitosa obra de Alfonso Paso dirigida por José María Forqué. El cartel se completaba con nombres como Concha Velasco, Alfredo Landa, Manolo Gómez Bur, Laura Valenzuela, José Sazatornil y Margot Cottens, y narraba en clave absolutamente humorística la vida de los americanos que vivían en la base militar que los EUA ocupaban en Torrejón de Ardoz y de los españoles que trabajaban para ellos. Para no desmerecer de la tónica habitual, la película es considerada, hoy en día, una muestra más del vilipendiado landismo, cuando en realidad se trata de una cuidada producción de José Luís Dibildos magníficamente interpretada por el excelente reparto antes mencionado, y que plasma de manera excepcional los muy diferentes puntos de vista que marcaban las relaciones España-EUA en aquellos años en los que el régimen franquista había comenzado una importante apertura internacional: "José María Forqué era un gran director de comedia -opina Amparo- pero cuando quería meterse en profundidades dramáticas, ya no me gustaba tanto. Aquí estuvo en su ambiente y lo demostró con una realización acertadísima. Creo que es una película que hay que saber situar en el momento en el que se hizo".Soler Leal trabaja mucho en televisión al principio de los sesenta, en series como "Tres eran tres" de Jaime de Armiñán o "Las doce caras de Eva", y también en "Estudio 1" y "Los Libros" en la adaptación de diferentes obras teatrales: "Antes, cuando era joven, me gustaba hacer televisión, porque creo que le llegaba a la gente de otra manera. Hoy no me gusta, prefiero el teatro o el cine, lo siento, pero es así". Amparo trabajó con Luís Buñuel, en 1972, haciendo un pequeño papel en "El discreto encanto de la burguesía", protagonizada por Fernando Rey: "Gracias a Fernando conocí a Buñuel. Supongo que le caí muy bien, porque enseguida me ofreció el papel que, finalmente y por exigencia del productor francés, acabó haciendo Bulle Ogier. Luís, entonces, me ofreció hacer aquel fantasmita que aparece por ahí, a lo que yo, por supuesto, dije que sí. Pasé una semana con Alfredo en París rodando con Buñuel, alojándonos en su mismo hotel en Montmartre y haciendo una buena amistad". Soler Leal recuerda a Buñuel como un hombre brillantísimo, dueño de un humor "absolutamente trágico y sutil, diferente al de Berlanga, que era más barroco, más valenciano". La actriz destaca que Buñuel fue uno de los primeros directores que utilizaba monitores para seguir el rodaje desde la habitación de al lado, avanzándose a técnicas que llegarían más tarde y que se han impuesto hoy en día.
"Mi hija Hildegart" es otro de los puntales en la carrera fílmica de la actriz: "Fue un personaje muy difícil de hacer, esa madre que es capaz de matar a su propia hija argumentando esas razones tan obsesivas. Sí, es seguramente el papel más duro que he hecho". La película esperó muchos años a poder hacerse, dada la negativa de la censura de aprobar el guión tal como estaba: "Yo tenía previsto poder hacer la hija, pero como no la hicimos hasta 1977, terminé haciendo la madre". La película fue dirigida por Fernando Fernán Gómez, quien imprimió en ella una pátina oscura, de fealdad, muy adecuada a los tintes macabros de la historia, basada en un famoso caso real.
Amparo vuelve a trabajar con su amigo Luís García Berlanga en "Tamaño Natural" (1974), donde ofrecerá una excelente interpretación de una lesbiana que regenta una boutique de moda y en la que mostrará, cubierto por el tul de una atrevida blusa de Courrèges, su pecho desnudo en unos años en los que cualquier actriz que no quisiera verse con la etiqueta de retrógrada y mojigata se veía obligada a pagar su contribución a los nuevos tiempos que se avecinaban. La trilogía de "La Escopeta Nacional" arrancó en 1978. Amparo recuerda la producción de la película que inició la saga con mucha nostalgia: "Se quiso exponer el momento político que se había vivido en España, y eso se reflejó muy bien en el guión que escribieron Rafael Azcona y Luís García Berlanga. A mi personaje, Chus, la nuera del marqués, le tengo mucho cariño a pesar de que intenté convertirlo en algo muy desagradable. Pero como, en el fondo, era una desgraciada tuerta cuyo marido la despreciaba y se iba con otras, pues te acababa entrando". El retrato tipológico realizado por Berlanga de la alta sociedad que rodeaba al dictador Franco, casi como las antiguas cortes de los monarcas absolutistas, marcó un antes y un después en el cine español. El argumento, ambientado en una cacería en la finca del imaginario marqués de Leguineche (interpretado por Luís Escobar), arremetía sin piedad contra la clase dirigente de los últimos años del franquismo, una casta tocada de muerte que intuía que su final estaba próximo. El humor brillante y corrosivo del guión de Azcona no consigue esconder la crítica acérrima que destila la cinta, que obtuvo un éxito tal que motivó la producción de dos secuelas ("Patrimonio Nacional", en 1981, y "Nacional III", en 1982), películas que, si bien no alcanzaron el clamoroso triunfo de "La Escopeta Nacional", están a su altura en cuanto a preciosista disección de un determinado sector de la sociedad española, ya entonces viviendo los primeros años del post-franquismo.La década de los ochenta llega con excelentes papeles para Amparo Soler Leal: "El crímen de Cuenca", "Los fieles sirvientes", "Bearn", "Las bicicletas son para el verano", "¿Qué he hecho yo para merecer esto?" o "La vaquilla" seguirán ofreciendo buenas oportunidades a la actriz madrileña de bordar magníficas interpretaciones, algunas veces como protagonista, y en otras, con trabajos de reparto que ella consigue sublimar como solo los grandes saben hacerlo. Hacia el final de la década, sus trabajos para la gran pantalla comienzan a espaciarse y, a pesar de sus reticencias, vuelve a la televisión, medio en el cual desarrollará prácticamente toda su actividad durante los años noventa. Tras la muerte de Alfredo Matas, Amparo se dedica a seguir llevando adelante Jet Films: "No salen buenos papeles para la gente de mi edad -me dijo, casi al final de nuestro encuentro- y los que me ofrecen no me gustan. Prefiero hacer, de tanto en tanto, algo de teatro, que me mantiene en buena forma de cuerpo y de mente".
Esta entrada incluye extractos de la entrevista inédita realizada por el autor a Amparo Soler Leal el 5 de abril de 2006.