sábado, 12 de septiembre de 2009

Lex Barker, Tarzán en claroscuro

Dueño de una carrera cinematográfica curiosa donde las haya, Lex Barker (nacido Alexander Crichlow Barker Jr. en Nueva York en 1919) se vio desheredado por su rica familia cuando decidió dejar sus estudios en Princeton para dedicarse a la interpretación. Con su cuerpo escultural y su rostro de viril atractivo, Barker estuvo predispuesto a saltar a la fama desde su adolescencia, marcado sin remisión por un físico de características excepcionales y un apetito sexual que habría de llevarle, en ocasiones, por oscuros caminos alejados de las luces brillantes de Hollywood y del glamour de Beverly Hills. Famoso tanto por sus papeles en el cine como por sus sonados matrimonios (el más jugoso de ellos, con la mismísima Lana Turner), Barker era conocido entre el sector femenino del mundillo de la Meca del Cine como Sex Barker, previsible juego de palabras establecido entre su nombre y su legendaria capacidad amatoria. Sin embargo, parece ser que como marido -aspecto en el que han coincidido todas las que pasaron junto a él por la vicaría- era terriblemente celoso, llegando al extremo de intentar detener la incipiente carrera cinematográfica de su tercera y última esposa, la catalana Carmen Cervera, entonces conocida por haber alcanzado el título de Miss España en 1961.
Mientras se entretenía en estas espectaculares y publicitadas relaciones con vedettes de galaxias tan dispares, Barker tuvo tiempo de hacerse con una nutrida filmografía en la que se alternan luces y sombras con igual intensidad, y pese a no disponer de una gran soltura dramática muchas de sus películas llegaron a ser más que aceptables éxitos de taquilla. Su impresionante físico y los papeles que, generalmente, se le asignaron -prácticamente cortados todos ellos con el patrón del más ortodoxo cine de aventuras- consiguieron mantenerle en el negocio del espectáculo durante más de un cuarto de siglo después de su debut en 1946 en un film musical protagonizado por Carmen Miranda, "Doll Face". Después, estaría tres años dando tumbos por thrillers y comedietas intrascendentes hasta que, en 1949, llegó su gran oportunidad al ofrecérsele el personaje de Tarzán de los Monos -recién abandonado por un ya fondón Johnny Weismuller- en la saga fílmica más longeva de la historia del cine. Así, el Tarzán de Lex Barker fue rubio y de ojos claros como la miel, notable mutación que el público pareció aceptar con agrado junto con una evidente reducción en los centímetros de tela del mítico taparrabos lucido por el hombre-mono. Por todo lo demás, las limitaciones -llamémoslo así- interpretativas del actor no resultaron un problema a la hora de dar vida a un personaje tradicionalmente parco en gestualidad y con tendencia a la expresión oral monosilábica.
Las cinco películas protagonizadas por Lex Barker como Tarzán pasaron, después de sus respectivos estrenos, a ser pasto de los llamados cines de repertorio, en los que se proyectaban en programa doble cintas de aventuras low budget que en pocos años comenzarían a adquirir categoría de joyas camp, compartiendo los sábados por la tarde y la matinée del domingo con viejas películas de Laurel y Hardy o con los peplum importados de Europa. "Tarzan's Magic Fountain" (1949), "Tarzan and the Slave Girl" (1950), "Tarzan's Peril" (1951), "Tarzan's Savage Fury" (1952) y "Tarzan and the She-Devil" (1953) son, hoy en día, referentes ineludibles de la mal llamada serie B que representan y distinguen toda una filosofía dentro del negocio de hacer cine al margen de los todopoderosos grandes estudios de Hollywood. Así, y enredado en sus propias lianas, la carrera de Barker giró inevitable y definitivamente al género de aventuras, siendo requerido por la dinámica industria italiana del cine de entretenimiento para engrosar las filas de sus estrellas internacionales. En Europa, Lex Barker protagonizó adaptaciones de populares novelas de Emilio Salgari ("El misterio de la jungla negra" y "El corsario rojo") y cintas policíacas ("Misión en Marruecos"), actividad que alternaba con retornos puntuales a los Estados Unidos para rodar algunos westerns y una rocambolesca producción con Stalin y la Guerra Fría como telón de fondo, "The Girl in the Kremlin", junto a Zsa Zsa Gabor.
Casado y separado ya dos veces (la última, de la actriz Arlene Dahl, más tarde esposa de Fernando Lamas), su matrimonio con la gran estrella de la Metro-Goldwyn-Mayer Lana Turner tuvo lugar en 1953, convirtiéndose -como ocurrió con todas las relaciones de la genuina sweater girl- en motivo de toda clase de especulaciones en torno a su fecha de caducidad en los mentideros de Hollywood. Para Lana, este sería ya su cuarto desposorio, del segundo de los cuales con Stephen Crane tenía a su hija, Cheryl, entonces una adolescente de 13 años. El episodio más sórdido y oscuro de la vida de Barker tuvo lugar cuando Lana escuchó las súplicas desesperadas de su hija, quien le rogaba que apartara de su lado a su padrastro el cual venía prodigándole excesivas y secretas muestras de afecto. Una horrorizada Turner no dudó ni un momento en echar immediatamente de su casa a su marido, empezando un proceso de divorcio que se llevó con la mayor discrección y en cuyos documentos oficiales no se hace mención alguna del desagradable asunto. La historia tuvo que esperar para ser desvelada a la publicación del libro autobiográfico de Cheryl Crane, "Detour: A Hollywood Tragedy-My Life with Lana Turner, my Mother", en 1988. Poco después del divorcio de Lana y Lex, tendría lugar la muerte del gangster Johnny Stompanato, entonces el amante de Lana, a manos de Cheryl Crane. Tras un proceso que, en esta ocasión, sí levantó una immensa polvareda mediática, los jueces decidieron que Crane había actuado en defensa de su madre, y dictaminaron homicidio justificado tras escuchar la relación de las vejaciones y servidumbres a las que el mafioso latin lover sometía a la actriz.
Después de los terribles acontecimientos acaecidos en la mansión de su ex-esposa Lana Turner, Barker decidió que lo mejor que podía hacer era desaparecer de Hollywood por una temporada. Regresó a su ya familiar Europa, donde actuó en recreaciones de historias medievales ("Il cavalieri dai cento volti") y en una alucinante versión de la leyenda del arquero de Sherwood en "Robin Hood y los piratas". Para entonces, su fama en el viejo continente era casi más grande que en los Estados Unidos, con películas rodadas en diferentes países aprovechando su dominio de los idiomas francés, español, italiano y alemán. Su pátina de estrella internacional y su aureola de galán -ya algo trasnochado- decidieron a Federico Fellini a ofrecerle un papel en "La Dolce Vita" (1960), donde interpretó al actor amante de la estrella de cine encarnada por una Anita Eckberg más exuberante que nunca. Caprichoso, alcohólico y pretencioso, el personaje permitió a Lex Barker lucirse con una excelente radiografía de comportamientos que conocía muy bien de sus años en Hollywood, y que supo implementar a su interpretación aportando un agrio y fellinesco regusto a decadencia.
En 1962 enviudó de su cuarta esposa, con quien se había casado en 1957 después de su separación de Lana Turner, y marchó a Alemania donde fue requerido para protagonizar dos películas inspiradas en el personaje del Doctor Mabuse que había hecho famoso el realizador Fritz Lang treinta años atrás. Más tarde, Barker tomó parte en trece films basados en novelas del autor alemán Karl May, consiguiendo una excepcional popularidad, especialmente con los westerns de la serie "Winnetou". El éxito fue tal que le decidió a instalarse definitivamente en Alemania, aunque realizando puntuales viajes a su país natal para trabajar en episodios de diferentes series de televisión. Galardonado dos veces con el prestigioso premio Bambi de cine y televisión, su carrera alemana resultó increíblemente fructífera, aunque despojada de trabajos de auténtica trascendencia, entre los cuales figura una incursión en el género terrorífico junto a Christopher Lee, "The Blood Demon" (también conocida como "Blood of the Virgins"), tangencial adaptación de una historia de Edgar Allan Poe. Fue en 1965 cuando conoció a la que sería su quinta y última esposa, Carmen Cervera, Miss Cataluña, Miss España y aspirante a actriz a la que conoció en un viaje en avión a Zurich. Carmen, a la que ya entonces se conocía como Tita, estaba deseosa de comenzar su carrera como actriz cinematográfica, cosa que su celoso marido no estaba dispuesto a consentir dejando emerger el lado más represivo y castrante de su personalidad, convirtiéndose en un inflexible Otelo. Barker puso mil impedimentos a los objetivos de su mujer, complicada y enervante situación marital que desembocó en su separación a principios de los años setenta. En 1972, y encontrándose en su Nueva York nativo, Lex Barker cayó fulminado en plena calle por un ataque al corazón. Carmen Cervera, pese a que ya había iniciado el proceso de divorcio, se convirtió en su viuda heredando la mayor parte de sus bienes, el resto de los cuales se repartió entre los tres hijos del actor, nacidos dos de ellos de su primer matrimonio con Constanze Thurlow y el tercero, del cuarto con Irene Labhart.

domingo, 6 de septiembre de 2009

"La noche de la iguana": puro Tennessee Williams

Uno de los referentes de la literatura norteamericana del siglo XX es, sin lugar a dudas, el dramaturgo Tennessee Williams, dos veces ganador del Premio Pulitzer, de un Tony (el equivalente teatral del Oscar de la industria del cine), y dos veces del Premio de la Crítica de Nueva York. Williams, complicado, sureño y homosexual, comenzó en la literatura a los trece años cuando su madre le regaló una máquina de escribir, temerosa de que su hijo perdiera el tiempo mientras se sumía en la larga convalecencia de una difteria. Al dar inicio la Segunda Guerra Mundial el ejército le declaró no apto por su expediente psiquiátrico, sus problemas cardíacos y su alcoholismo, decepción que le llevó a acometer en su obra posterior una narrativa trufada de personajes atormentados, carismáticos y de profunda carga psicológica. En todas sus obras subyace la eterna -aunque infructuosa- búsqueda de la felicidad, el temor a la muerte y una terrible angustia vital que tienen su orígen en experiencias traumáticas, en el pánico a envejecer, en el rechazo de una homosexualidad latente o, simplemente, en el miedo al sexo, elemento omnipresente en la obra de Tennessee Williams que el autor, debido al acoso de la censura, tuvo que saber convertir en subliminal aportando a sus historias un obsesivo poso de frustración.
Aclamado de manera entusiasta por el gran público y mimado por la crítica -que diría de él que escribía en "gótico sureño"- la mayoría de sus éxitos teatrales fueron llevados al cine entre las décadas de 1950 y 1960, con adaptaciones que se convirtieron en auténticas obras maestras dirigidas e interpretadas por los más relevantes talentos de Hollywood. "Un tranvía llamado deseo", "La gata sobre el tejado de zinc", "De repente, el último verano", "La primavera romana de la señora Stone", "Piel de serpiente", "La rosa tatuada" o "Dulce pájaro de juventud" son algunas de las mejores muestras de esta fructífera simbiosis que Williams estableció con la industria cinematográfica. De entre todas ellas, merece destacarse "La noche de la iguana", oscura, agobiante y, en ocasiones, sórdida traslación de la pieza teatral homónima que John Huston dirigió en 1964 con un reparto encabezado por Richard Burton, Ava Gardner, Deborah Kerr y Sue Lyon, y rodada en escenarios naturales en Puerto Vallarta, Méjico, en un espléndido blanco y negro obra del maestro Gabriel Figueroa que le valió una nominación al Oscar de Hollywood a la mejor fotografía.
Fue el empeño del realizador John Huston y del productor Ray Stark lo que impulsó la difícil consecución de "The Night of the Iguana". Después del éxito de la producción teatral estrenada en Broadway durante la temporada de 1961, Huston y Stark no dudaron en acometer la versión fílmica, que el realizador concibió a su estilo con un rodaje en agrestes y remotos parajes y con todas las escenas en exteriores. Huston tenía bien ganada en Hollywood su fama de complicar al máximo el trabajo desde los tiempos de "La Reina de Africa", mítico rodaje en el que los inconvenientes de toda clase fueron llevados al extremo y en el que Katharine Hepburn acuñó, refiriéndose a Huston, la frase "Hazlo siempre del modo más difícil". Para empezar, el realizador y su director artístico, Stephen B. Grimes, localizaron una colina rodeada de una espesa selva tropical en un remoto rincón de Méjico cercano a Puerto Vallarta conocido como Mismaloya y que resultaba ideal para instalar el destartalado hotel en el que transcurre la acción. En pocas semanas, Huston y su equipo levantaron -de la nada- el enorme decorado y sus bungalows colindantes en un lugar escarpado e incomunicado del exterior al cual se accedía de modo muy dificultoso desde una playa cercana a la que únicamente se podía llegar en barca desde Puerto Vallarta. Para redondear la incómoda situación, el calor y la humedad eran insoportables en las horas centrales del día, y parte de la expedición acabó sufriendo (curiosamente, como el grupo de turistas americanas que aparecen en el film) de disentería.
La elección del reparto fue uno de los grandes aciertos de una película rebosante de ellos. En primer lugar, Richard Burton como el reverendo T. Lawrence Shannon dio a su personaje el empaque lírico que su formación shakesperiana era capaz de aportarle sin perder por ello su naturalidad y, sobre todo, una patética vulnerabilidad que resultó un rasgo definitivo del personaje, así como el evidente conflicto mantenido entre su vocación religiosa y el apremio al que le someten sus numerosas debilidades humanas. Codo a codo con Burton, una sorprendente Ava Gardner como Maxine Faulk, la dueña del hotel al que Shannon acude huyendo de sus propios fantasmas y obsesiones. Gardner tuvo que lidiar con el recuerdo de la portentosa personificación que Bette Davis -nada más y nada menos- hizo en la versión teatral neoyorkina, pero acabó aportando a su papel más de ella misma de lo que nadie pudo llegar a esperar, convirtiendo a su Maxine en una criatura visceral, excesiva, sensual e insegura en la que era fácil reconocer el auténtico carácter de la actriz. Gardner, por cierto, se sintió a sus anchas en un personaje perpetuamente vestido con un simple sarape, con el pelo sencillamente recogido y que anda siempre descalzo, y para el que Huston le permitió recuperar su fuerte acento de Carolina del Norte, aquel que la Metro-Goldwyn-Mayer tanto se empeñó en corregir cuando Ava Gardner llegó a Hollywood en 1942. Tras el estreno, la crítica apostó a que sería nuevamente nominada para el Oscar, pero no fue así. En compensación, fue galardonada con el premio a la mejor interpretación femenina en el Festival de Cine de San Sebastián, trofeo que, por supuesto, no recogió personalmente, aterrorizada ante la certeza de tener que agradecer la distinción frente a un auditorio.
Junto a ellos, Deborah Kerr ofrece una de sus más memorables creaciones como Hannah Jelkes, una solterona de Nueva Inglaterra que recorre el mundo a pie junto a su abuelo (el actor septuagenario Cyril Delevanti) y cuya única felicidad sería encontrar un lugar en el que sentirse en casa, dando fin a su eterno y obsesivo peregrinaje. Kerr aparece en "La noche de la iguana" como el contrapunto espiritual al personaje terrenal interpretado por Ava Gardner, y será la confrontación de ambos carácteres lo que permitirá a Tennessee Williams mostrar el lado más vulnerable de la condición humana para evidenciar la desesperación más o menos contenida que todos arrastramos en nuestras vidas y que nos lleva a hacer lo que sea con tal de arrojar lejos de nosotros los espectros del miedo y la ansiedad. Esta constante en la obra del dramaturgo norteamericano nos ofrece una impagable pista para comprender mejor su propia idiosincrasia, ya que él mismo fue víctima recurrente de una angustia vital que le atenazaba sumiéndole, a menudo, en episodios de fuerte adicción a los barbitúricos. Destacan todavía de entre el amplio reparto los nombres de Sue Lyon como Charlotte Goodall, la consentida y precoz adolescente que viene a complicar la situación del reverendo Shannon, y la magnífica actriz de reparto Grayson Hall, inmensa como la tiránica e inflexible Miss Fellowes, la responsable de un grupo de mujeres de un colegio baptista de Corpus Christi en período vacacional por Méjico, un remedo de sargento militar con instintos lésbicos que consiguió para la intérprete una nominación a la mejor actriz secundaria en la edición de 1964 de los premios de la Academia de Hollywood.
"The Night of the Iguana" situó en el mapa el paraje de Mismaloya, entonces un paraíso natural desconocido por el turismo, que pronto se llenó de periodistas y fotógrafos ávidos por obtener imágenes de las grandes estrellas presentes en el rodaje y con la esperanza de conseguir la exclusiva de la previsible trifulca que la prensa de Hollywood anunció en cuanto se hizo público el reparto de la película. La presencia habitual de Elizabeth Taylor en el set -según las malas lenguas, para impedir un romance entre Burton y Gardner- ayudó en gran manera a levantar aún mayor expectación. Además, los legendarios voraces apetitos de John Huston y Ava Gardner en lo tocante al sexo y al alcohol ofrecían diariamente carnaza a la prensa, que se dedicó a seguir a la actriz en todos sus desplazamientos por la zona aireando rumores de improbables noches orgiásticas de la estrella en la que estarían involucrados bronceados y apolíneos muchachos mejicanos. Por su parte, John Huston aprovechó la polvareda para practicar estrategias de marketing para su película, obsequiando a Burton, Gardner, Kerr, Lyon, Liz Taylor y al productor Ray Stark con sendos estuches conteniendo una pequeña pistola Derringer y seis balas de plata que llevaban grabados, cada una de ellas, uno de sus nombres. La intencionada broma fue definitiva, y la prensa reaccionó sin miramientos publicando titulares como "Liz, Richard, Ava y Sue muy tensos en la selva", o "Liz no pierde de vista a Burton y Ava Gardner". Para acabar de arreglar las cosas, nadie sabe todavía hoy como se pudo llegar a publicar que la Gardner y el realizador de cine mexicano Emilio -el "Indio- Fernández, que hacía las veces de director asociado en el film, habrían anunciado su próximo enlace matrimonial, con headlines del tipo "¡El nuevo amor de Ava es un pistolero revoltoso!" en alusión a la costumbre -cierta- del cineasta mexicano de disparar a la gente que no le gustaba, como había ocurrido, incluso, con los productores de algunas de sus películas. Cuando "The Night of the Iguana" fue estrenada, la crítica especializada valoró muy positivamente el film, pero la acogida del gran público fue bastante tibia. Tuvieron que pasar cuarenta años para que la cinta comenzara a ser reivindicada como merecía, adjudicándosele la categoría de clásico indiscutible y siendo considerada un referente de la traslación del teatro a la gran pantalla, así como una de las cumbres del arte de John Huston, uno de los mejores realizadores de la historia del cine americano que, pese a su visceral tendencia al exceso y a su particular manera de concebir el negocio cinematográfico, ha dado obras maestras entre las cuales cabe inscribir "The Night of the Iguana". Para comprender mejor la personalidad de Huston y su enorme implicación en el proyecto de la película, es imprescindible visionar una pequeña joya producida por Professional Film Service titulada "On the Trail of the Iguana", featurette que muestra -en color- aspectos del rodaje del film e incluye entrevistas con el director y los principales intérpretes en el mismo set. Afortunadamente, esta rareza apareció editada entre los extras que contiene el DVD del film lanzado al mercado en 2006.

lunes, 31 de agosto de 2009

Weird Toons # 30: "Madeline"

En 1952, Robert Cannon, uno de los más brillantes cartoonists que trabajaban para la UPA (United Pictures of America), recuperó para el dibujo animado uno de los personajes de la literatura infantil más queridos en los países anglosajones y cuyas aventuras aparecieron, por vez primera, publicadas en 1939. Su autor, el pintor, ilustrador y escritor de cuentos para niños Ludwig Bemelmans fue uno de los artistas que, incluso antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial, desarrollaron un nuevo lenguaje plástico para el lector infantil, unido a una inaudita capacidad para conectar con sus difíciles gustos partiendo -no sin evidente riesgo- de la narración de anécdotas de absoluta cotidianeidad, aparcando la fantasía de los cuentos de hadas y de las aventuras extraordinarias para sumergir a los más pequeños en un mundo en el cual la observación y la estimulación de los sentidos toman un absoluto protagonismo. "Madeline", sin duda alguna, es la cumbre del arte de Bemelmans, una maravillosa historia que tiene como protagonista a una niña pequeña que se encuentra interna en un colegio en el París de entreguerras.
Con exquisito y delicado mimetismo, Cannon adaptó al cartoon la paleta cromática de Bemelmans, así como su trazo suelto y grueso que perfila magníficamente las figuras sobre fondos de colores planos en los que aparecen únicamente los elementos imprescindibles. La animación, reducida a extremos minimalistas, plasma con exactitud las grandes láminas de ilustraciones en las que se narra la vida de la pequeña Madeline en el colegio parisino bajo la maternal pero alerta mirada de su profesora, la señorita Clavel, y junto a sus once compañeras de clase. Madeline, la más pequeña, es siempre la más valiente y atrevida de entre todas ellas, provocando a veces el disgusto de su maestra con sus frecuentes travesuras. Madeline y sus condiscípulas pasearán por París con la señorita Clavel, "tanto con sol, como con lluvia, como con nieve", tal como va relatando el narrador del encantador texto original de Bemelmans.El delicioso corto de ocho minutos de duración fue nominado al Premio de la Academia de Hollywood en la edición de 1953 -aunque finalmente no consiguió el galardón- y es considerado hoy en día uno de los cartoons de referencia en la historia del dibujo animado, así como una de las cimas del indiscutible genio del gran Robert Cannon, proveniente (igual que muchos de sus compañeros en la UPA), de los estudios de Walt Disney. Cannon fue el creador de otras estrellas de la United Pictures of America como Gerald McBoing Boing o Christopher Crumpett, personajes animados que, al igual que ocurrió con Madeline, no gozaron en su momento de la popularidad que merecían y que fueron reivindicados décadas más tarde. De hecho, la UPA exigió a Stephen Bosustow, el responsable del equipo de animadores, que creara personajes más comerciales para que las producciones del estudio pudieran llegar al público internacional. De esta manera nació, poco después, Mister Magoo. Después del corto de 1952, la UPA no adaptó más historias de Madeline, a pesar de que Bemelmans publicó un total de seis cuentos con las aventuras de su pequeña heroína. Sin embargo, el personaje fue objeto de revisión en 1989 y en 1993 con sendas series animadas para la televisión, y en 1998 con el estreno de una película de acción real para la gran pantalla, "Madeline", con Frances McDormand en el papel de la señorita Clavel. Así mismo, Las nuevas generaciones infantiles han descubierto a Madeline con las constantes reediciones de los libros de Ludwig Bemelmans lanzadas por la estadounidense The Viking Press-Penguin Putnam, las cuales han adquirido una merecida pátina de artículo de lujo que jugueterías como la universalmente conocida F·A·O·Schwarz de Nueva York exhibe en displays especiales junto a variado merchandising de Madeline que la creciente popularidad que el personaje ha experimentado en los últimos tiempos ha puesto en el mercado.