sábado, 26 de julio de 2008

Hans Conried o el histrionismo contenido

Una de las más interesantes y menos conocidas personalidades del show business americano fue Hans Conried, actor de una calidad muy superior a la de la mayoría de los papeles que le tocó interpretar en su dilatada vida profesional. Dueño de una sensacional comicidad basada, muy a menudo, en la gestualidad y la mueca, fue calificado por la mordaz Hedda Hopper desde su columna como un actor "plagado por múltiples talentos". Con una espectacular carrera configurada por cerca de 10.000 programas de radio, centenares de shows televisivos y obras de teatro y más de 80 películas, Conried se apoyó en una excelente voz perfectamente modulada y de ilimitada versatilidad que acabó por convertirse en su marca de fábrica.
Hans Georg Conried Jr., nacido en Baltimore en 1917 de ascendencia judía, creció en Nueva York y estudió interpretación en la Universidad de Columbia, tomando parte en representaciones teatrales de obras clásicas. Se fogueó en la radio antes de su salto al cine, siendo uno de los integrantes del Mercury Theatre Company de Orson Welles.
Conried se convirtió en una voz familiar en multitud de programas radiofónicos, adquiriendo una notable popularidad a partir de su participación en el George Burns and Gracie Allen Show. Debutó en el cine en 1938, trabajando -casi siempre sin acreditación- en películas como "Passage to Marseille" o "The Barkleys of Broadway" hasta comienzos de los cincuenta. 1953 fue su gran año, protagonizando "The 5.000 fingers of Dr. T" como el siniestro profesor Terwilliker (tal vez, su personaje más conocido por el gran público) y debutando en Broadway con el musical de Cole Porter "Can-Can". Un año antes, había aparecido en dos episodios de "I Love Lucy" junto a Lucille Ball y Desi Arnaz, primero como Mr. Jenkins, el comprador de muebles usados -con un evidente componente homosexual- de "Redecorating", y más tarde como el profesor de inglés Percy Livermore de "Lucy hires an English Tutor". Muchas fueron las cualidades actorales de Hans Conried, destacando entre todas ellas una impecable dicción, un gran dominio de los recursos de la comedia y una innata capacidad para histrionizar sus personajes hasta extremos imposibles, sabiendo siempre detenerse antes de caer en el abismo del ridículo. Estas características fueron sabiamente aprovechadas por la industria de Hollywood, cuyos estudios de animación encontraron en el actor un filón para dar voz a muchísimos personajes tanto en cine como en televisión, generalmente el villano de turno, como su magnífica creación del Capitán Garfio en "Peter Pan", la producción Disney de 1953. En la pequeña pantalla, destacó su trabajo para Jay Ward Productions dando voz al malvado Snidely Whiplash en la serie "Dudley Do-Right of the Mounties", un segmento del popular show "Rocky & Bullwinkle and Friends", y a Wally Walrus en los cartoons de Woody Woodpecker de los estudios Walter Lantz para la Universal.Conried continuó trabajando activamente durante los años sesenta y setenta, aunque su labor se circunscribió prácticamente a seguir prestando su voz para incontables producciones, mientras aceptaba interpretar personajes característicos en algunas películas para la gran pantalla y presentar el programa "Fractured Flickers" para la televisión, además de aparecer como actor invitado en algunas de las más populares series de la época. Hans Conried falleció en 1982 a los 64 años víctima de un problema cardiovascular, dejando viuda a su esposa Margaret Grant después de 40 años de matrimonio y cuatro hijos.

viernes, 25 de julio de 2008

Weird Toons # 13: "The Grinch"

La Navidad es, en los Estados Unidos, el momento estelar del calendario junto con las celebraciones del 4 de Julio y del Thanksgiving Day. Todo parece detenerse en un instante de irritante e injustificada euforia, y los hogares se llenan de adminículos de diferentes tamaños y variadas formas que se baten en abierta pugna por el título al objeto más aberrante del Universo. Los ornamentos de Hallmarks se mezclan caóticamente con enormes bolas de cristal, lucecitas de colores, inacabables tiras de espumillón y trineos de Santa Claus de tamaño natural -con todos sus renos- encima de los tejados, cubiertos para la ocasión con piezas de blanco algodón para simular la nieve en los lugares en los cuales su presencia es poco probable. Los colores de la Navidad norteamericana -rojo, blanco, y el verde del brezo y de los abetos- manchan insolentemente fachadas, aceras y jardines, convirtiendo el ambiente de la vida cotidiana en algo irrespirable por espacio de, más o menos, un mes al año. Una absurda Navidad, eso sí, sin absolutamente ninguna referencia a su ascendente eminentemente religioso y con pocas connotaciones de realidad social más allá del omnipresente pase por todas las televisiones de la empalagosa "It's a wonderful life" de Frank Capra. That's America: nada hay como el sinsentido de no saber qué es exactamente lo que se está celebrando, ni porqué, pero así es desde el día en que los peregrinos del Mayflower se toparon con la roca de Plymouth en 1620.
A mí, al niño que siempre odió la Navidad, tuvo necesariamente que fascinarme este personaje extraño, el Grinch, de especie inclasificable, cuyo corazón era pequeño y reseco como una habichuela y cuya visceral inquina hacia las fiestas navideñas y todo lo que representan le lleva a tramar un siniestro plan para acabar, de una vez por todas, con la intragable celebración. Su maldad es de tan exquisita perversidad, que llega a robar en una noche todos los símbolos de la Navidad de la ciudad de Whoville, vecina a la caverna fría y desangelada que le sirve de morada. Adornos, manjares, abetos y regalos, desaparecen de un plumazo, ofreciendo un desolador panorama a los habitantes de la pequeña comunidad cuando se despiertan la mañana del Christmas Day. Pero, a pesar de ello, unen sus manos y elevan sus corazones para invocar entre todos al espíritu navideño, que se aparece en la forma de una rutilante estrella cuya cálida luz reblandece el corazón del Grinch y le hace, de repente, amar la Navidad al darse cuenta de que su verdadero sentido no está en absoluto en lo material, una evidentísima y poco entendida ironía hacia la sociedad americana disfrazada de edulcorado y moralista final. Por supuesto, este decepcionante desenlace me amargó el resto de las fiestas cuando el cortometraje se estrenó en Televisión Española hacia finales de los años sesenta, y solo de mayor he podido perdonar al destino por tan fatal agravio a uno de los personajes más sugestivos de las narraciones infantiles.
Basándose en el cuento del mismo título de Dr. Seuss, "How the Grinch stole Christmas" (emitida por TVE con la curiosa traducción "Como pudo Odeón robarse la Navidad") fue dirigida por Chuck Jones en 1966. Esta película para la televisión se ha convertido, desde entonces, en uno de los TV Christmas Special predilectos en los EUA, no solo por tratarse de un relato de uno de los autores nacionales de referencia, sino por el magnífico tratamiento que dieron a la historia Charles M. Jones y su habitual equipo de colaboradores, con Ben Washam y Maurice Noble a la cabeza. Naturalmente, en la versión al castellano se nos escamoteó la voz original del narrador, ni más ni menos que el mismísimo Boris Karloff. El Grinch aparecería todavía en otro especial producido en 1977 por Depatie-Freleng, "Halloween is Grinch's Night", ganador de un premio Emmy.

miércoles, 23 de julio de 2008

¿Qué esconde "La Cabina"?

Un hombre sale de su casa una mañana, posiblemente para dirigirse a su trabajo. Es un hombre bajito, calvo, también posiblemente lleno de manías y complejos, como todo el mundo. Cruzando la soleada plaza, llena de niños que juegan al fútbol, señoras que se dirigen al mercado a hacer la compra diaria y empleados municipales que riegan el césped, se apercibe de la presencia de una cabina teléfonica nueva, impoluta, con recién abrillantados cristales, en un rincón donde ayer no había nada. Entra en ella, saca unas monedas de su bolsillo, y se dispone a marcar un número de teléfono. La puerta de la cabina se cierra, aparentemente sola, dejándole preso entre las cuatro paredes de cristal y acero.
A partir de aquí, dará comienzo una pesadilla que marcará un punto de inflexión en el ámbito de los espacios dramáticos en Televisión Española, un rotundo triunfo del realizador Antonio Mercero que, aún hoy en día, plantea las mismas dudas y se nos aparece tan terrorífica e inquietante como cuando fue estrenada en 1972. El guión de "La Cabina", un trabajo conjunto del propio Mercero y de José Luis Garci basado en un relato corto de Juan José Plans, contiene muy pocas expresiones verbales, dejando para el rostro del protagonista, un immenso José Luis López Vázquez, la tarea de transmitir el tormento físico y psicológico, la terrible ansiedad y el inabarcable miedo padecido por esta encarnación del hombre de a pie, del ciudadano medio, del rostro mediocre y repetido de la calle. López Vázquez, quien acababa de dar el do de pecho en la película de Jaime de Armiñán "Mi querida Señorita", echó el resto en esta interpretación considerada una de las mejores de toda su carrera, una extenuante prueba de habilidad gestual en la cual convierte en creíble la situación absurdamente macabra en la que se ve fatalmente envuelto su personaje. Muchos fueron los intentos por desvelar el verdadero sentido de la espantosa fábula que propone "La Cabina", algunos de ellos puestos en práctica por plumas de la mayor categoría filosófica o literaria. Ciertos autores afirman que se trata de una metáfora acerca de la situación política y social en una España próxima a la muerte de Franco. Otros proponen -desde un evidente punto de vista fellinesco- una lectura religiosa partiendo de que el helicóptero que acompaña al protagonista hasta el siniestro almacén final de las cabinas podría representar el Espíritu Santo (¿?). De todo se ha dicho y se ha especulado sobre las verdaderas intenciones de este mediometraje de 35 minutos que, en boca de su autor, no pretendía ejemplarizar ni proponer ninguna moraleja sino que, en realidad, no se hallaba tan lejos del terror y la ciencia ficción en su estado más puro, al estilo de las narraciones cortas de las que se nutrían programas de televisión como "Night Gallery", "The Outer Limits", "The Twilight Zone" o las producciones españolas "Historias para no dormir", "El Quinto Jinete" o "Ficciones".
Así, cabe deducir que gran parte de la frescura y actualidad que sigue conservando "La Cabina" tiene su razón de ser en esa capacidad para admitir múltiples interpretaciones y lecturas distintas, las cuales pueden ir en un sentido u otro en función del espectador, de su capacidad para asimilar lo absurdo o de su necesidad en encontrar una explicación razonada para todas las cuestiones de la vida.
Nota: "La Cabina" está editada en DVD dentro del pack "Antonio Mercero" (actualmente descatalogado) de TVE-Vale Films, y que incorpora otros imprescindibles trabajos del realizador como "Los Pajaritos", "La Gioconda está triste" o "La habitación blanca".